Quiero ser libre como la oveja Shaun y cantar en el pasillo del Mercadona

Soy de fácil aburrir, eso lo he heredado de mi padre. Quiero decir que me aburro con facilidad y no hay peor cosa en la vida que aburrirse. Aburrirse puede derivar en un montón de cosas a veces, muy poco productivas. Hay gente que cuando se aburre empieza a maquinar en contra de otra gente o se inmiscuye en la vida de los demás porque precisamente eso, se aburren. Yo no me aburro en ese sentido, yo no me aburro de las cosas y soy muy poco cotilla, me da mucha pereza meterme en la vida de los demás. Me gusta el cine y me ha gustado siempre, creo que me seguirá gustando, no me aburro de ver cine, ni me aburro de las personas que me gusta escuchar, ni me aburro de mi trabajo, ni me aburro de mi casa… Me aburro de la rutina.

Me aburro de la monotonía, me aburro de los hábitos, me aburro del despertador, dúchate, desayuna lo mismo, al trabajo a la misma hora, al baño a la misma hora, la manzana de media mañana, comida, vuelve a casa, el atasco en la misma zona, la misma canción en la misma emisora.

Yo soy de las personas que cree que la vida te ofrece algo diferente en cada instante, simplemente hay que estar pendiente de fijarse, estar atento y ¡pum! Verlo. Y sin embargo, yo que siempre me consideré una soñadora empedernida, a veces, me siento atada de pies y manos en esto que llamamos la vida cotidiana. A veces, simplemente no lo soporto y entonces me doy cuenta de que soy una James Dean de la rutina, una rebelde sin causa. Si mis compañeros van todos a las ocho y pico haciendo cola a por su café, la de la cafetería me mira y dice: ¿Y hoy tú qué?

Es cierto que no bebo café porque no me gusta, pero a veces, no tomo nada, otras veces pido una tostada, otras una palmera, otras pido una napolitana y otras, asalto a la camarera a diferentes horas a por una pulguita de jamón, porque yo soy así, ¡una rebelde!, ¡una antisistema! o mi estómago un ente insubordinado con más hambre que un perro chico a ciertas horas.

Cuando voy a hacer la compra, los de los estudios de los supermercados se volverían locos, porque aunque ellos quieran que compre lo que se supone que debo comprar e ir por el pasillo y haciendo el circuito lógico, yo no. Y ¡ojo! No lo hago aposta. Entro y me pongo a hacer diferentes circuitos cada vez e incluso vuelvo loco a mi husband (no me gusta la palabra marido y no me acostumbro) porque empiezo a experimentar con la lista de la compra y él que es un poco “alemán” para ciertas cosas, me mira atónito como si fuera una William Wallace gritando: “Pero jamás nos quitarán la libertad” con los yogures de otra marca en la mano y de otro sabor a ser posible. Porque no puedo seguir con “El día de la Marmota” una y otra vez, si quiero yogures de limón me los compro y si otro día quiero yogures griegos pues los cojo. Llevo la aventura en la sangre, a mí me van los chutes de adrenalina.

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El otro día que vi “La oveja Shaun” y empezaba con el día a día en la granja, todas las ovejas hacían una y otra vez la misma rutina y esta oveja un día se harta y la lía parda para salir de la rutina como sea. Y yo pensé: yo soy como esa oveja. Pero luego te das cuenta de que la rutina es muy cómoda y que salir de tu zona de confort, eso que se ha puesto tan de moda, explora, arriesga, gana! A veces, da un poco de miedo… o no. Siempre he creído que en la vida hay que asumir los riesgos y que los cambios mientras que no impliquen cambios graves de salud, son siempre para desafiarnos, porque vamos, un poco de “vidilla” no está mal ¿o qué?

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Por eso creo que soy muy feliz de vacaciones, cuando puedo tener mi período propio de exploradora, de sorprenderme con nuevas comidas, nuevas calles, nueva gente, cuando soy independiente y ningún reloj me marca un horario que seguir. Y mi madre que siempre es muy razonable y muy realista siempre me dice: “¿Y nena qué quieres? La vida es así no es emocionante, ¿qué prefieres no tener rutina?” y yo me siento como cuando tenía quince años y soñaba despierta, intentando crear un mundo mucho mejor, cuando aún pensaba que los políticos luchaban por y para un pueblo, cuando la utopía y el idealismo de vez en cuando merendaban conmigo, cuando el mundo adulto aún no ocupaba todos mis movimientos.  Quizás sea por eso, que me gustan tanto los niños, porque son libres, porque si quieren silbar, silban, porque si quieren saltar, saltan y porque si quieren cantar, cantan y yo echo de menos esa libertad. Quiero cantar en alto en el Mercadona, ¿qué pasa? Que se me ha metido una canción en la cabeza y no puedo parar de cantarla. ¿Algún problema?

Y así finalizo mi texto, que hoy me toca hacer la compra y creo que, voy a jugar un poco al despiste hoy también con los de las cámaras del super, a ver si tienen huevos a meterme en estadísticas, en encuestas y en canones de lo que hace la gente normal. ¡Ja!

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Fantasía vs Realidad, I want to believe, ¿Y por qué no?

“The Walking Dead” es una de mis series favoritas. Me gusta como la sociedad ante un hecho apocalíptico va transformándose en algo distinto (o no tanto), como van deshumanizándose y luchando por la supervivencia, como la falta de recursos nos vuelve tiranos, egoístas y pasamos por encima de lo que sea y de quién sea con tal de sobrevivir. También me gusta como dependiendo de la personalidad de cada uno, podemos vernos liderados por la locura, por proteger a nuestros seres queridos, por la esperanza o la ética porque no siempre vamos a derivar en bárbaros. En resumidas cuentas como “El hombre es un lobo para el hombre” hecho serie y también un poco “El señor de las moscas” pero con zombies como enemigos y azote de la seguridad y tranquilidad de un grupo de personas que solo busca recuperar la rutina de una vida normal.

Después de ponerme filosófica, aquí viene la conversación con mi madre, que es la persona más incrédula de la historia.

-A mí esa serie no me gusta. Es más, es horrorosa, los zombies y esos ruidos. No sé qué le ves.

-Bueno mamá, pues no solo veo zombies, me gustan los personajes (y el rollo que os he contado antes).

-Es horrorosa, sangre, violencia y monstruos. ¿Pero tú has visto un zombie en tu vida?

-No, pero…

-Pues ea.

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Un “ea” puede zanjar muchas cosas, una conversación muy larga para decir que sí, dos “eas” para indicar que estás de acuerdo y por supuesto, para cortarte y decirte, “pues tengo razón y la serie es una tontería porque no existe”.

Siempre me ha gustado la fantasía y la ciencia ficción, porque si un día te levantas, desayunas, te chupas el atasco de siempre, ves a la misma gente, hablas de las mismas cosas, comes a las mismas horas e incluso las mismas canciones siguen dando vueltas en la misma emisora, ¿qué tal si al llegar a casa puedes evadirte de esta rutina monótona viendo un zombie, un reino en el que hay dragones que vuelan o gente que tiene superpoderes y qué cuando se cabrean se ponen verdes y gigantes? ¿Y por qué no?

¿Qué más me da si existe o no existe?, ¿realmente te apetece más ver la rutina en una serie de gente que va a la oficina, trabajan y ya no pasa nada más? Esa ya es la realidad. No quiero decir con esto que la ficción siempre tenga que contener magia y elementos sobrenaturales, porque también hay películas o series más costumbristas que me gustan, pero reconozco que siempre he sido más fan de lo sobrenatural. Me encantan las pelis de terror, ¿por qué? Porque I want to believe! Porque en este mundo no podemos estar solos, es demasiado egocéntrico pensar eso. Tiene que existir vida más allá de las estrellas y en otros planetas o en otras galaxias, tiene que haber más cosas encerradas entre las ondas gravitacionales, entre agujeros negros, almas y espíritus, sonidos de otros tiempos. ¿Y por qué no?

Tengo la suerte de que tengo una madre muy escéptica y un padre que a veces, espera ver una luz en el horizonte a lo Expediente X. Me gusta ese equilibrio. Pero he de decir que de niña buscaba sirenas en el mar, hadas en el bosque y que ahora de mayor, me da más miedo que me aparezca el “Krampus” en casa que un ladrón (salvando las distancias por supuesto).  Y creo que no hay nada de malo y me considero una persona muy cuerda.

Yo crecí feliz entre libros de Roald Dahl, donde Matilda tenía el poder de la telekinesis, Cristina Ricci hablaba con un fantasma llamado Casper, Marty McFly viajaba en el tiempo y había un tío con cuchillas en las manos que me daba pánico y no hablo de Eduardo Manostijeras. Lejos de perder la fe en la fantasía, sigo leyendo a Stephen King y me fascina todo lo extraño, oculto, raro, fantasioso y no quiero perderlo, porque la fantasía es lo más cercano que tengo a seguir sorprendiéndome en la vida, aunque sea cierto que la realidad supere muchas veces a la ficción.

Doy gracias a esos guionistas, escritores, pintores, cantantes, artistas que siguen sacando todo el jugo a eso que está en extinción llamado imaginación. Porque sin imaginación la Emperatriz Infantil habría muerto en la nada. Porque la mente tiene que seguir creando, sea o no sea real, porque ¿quién sabe? Julio Verne, Albert Einstein, Copérnico, Mary Shelley, Lord Byron, no fueron más que locos de la época y luego cada uno ha creado escuela en lo suyo. Y vuelvo a repetir, ¿y por qué no?

 

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1, 2, 3… ¡Masterchef!

Me encanta comer. ¿Gula? pues a veces sí, incluso a veces después del trabajo pienso : “Uhm, una palmera de chocolate, uhm, una tortilla de patatas, uhm un huevo frito…, ¿por qué no?” y luego afirmo: “Me lo merezco” y luego mi amiga Nieves me planta esta imagen que viene a decir: “No te recompenses con comida, no eres un perro”.

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Pero fuera coñas…me gusta comer y uno pensaría que el acto de cocinar viene muy ligado a ello. Si te gusta comer seguro que disfrutas cocinando. Pues no, no es mi caso, es más me parece una de las cosas rutinarias junto con conducir más meritorias del mundo. Sí, en serio, esa soy yo. Cuando conduzco me doy un aplauso y cuando aparco y bajo del coche, me hago la ola.

El otro día vino visita familiar a casa y no mi propia familia, puf, con lo cuál la presión era muchísimo mayor. Preocúpate por un menú que esté decente, que esté bueno y que tenga buen aspecto, como dirían en los famosos concursos de cocina, “el emplatado”.

Estuve una semana dándole vueltas a la cabeza y llamando a mi madre para pedirle recetas y sus indicaciones eran:

-Mamá, pero ¿cuánto de sal?

-No sé, un poco, bueno tampoco tan poco, un poco pero que tú veas que está bien.

Y yo que siempre he tenido estrabismo y problemas con la vista, yo no veo bien en la cocina…

-Mamá, ¿y cuándo le añado la nata?

-Pues yo que sé cuando todo esté haciendo “chup, chup” mientras se sofríe, ahí…

Mi cara al teléfono es un cuadro, no tengo ojo, no tengo intuición culinaria y desbordo imaginación para otras cosas, pero para la cocina no sé qué crear. Veo dos tomates y un huevo y ¿qué hago, dios mio? si es que hasta los niños de la edición de Masterchef Junior son más inteligentes en esto que yo. Y los admiro, a ellos, a los cocineros y a mi madre por supuesto, que parece el hada Madrina de Cenicienta, añadiendo ingredientes como si fueran ingredientes mágicos para crear un olor y un plato único y exquisito.

Mi madre va echando alimentos a no solamente una cazuela, si no que puede estar preparando un salmorejo, unas albóndigas, una carrillada y un flan a la par. Toda la cocina a máxima potencia, todo a babor y la Thermomix de mera espectadora y de vez en cuándo la interrumpe con el “tinonaní, tinonaní” pero ahí la que hace el verdadero trabajo es mi madre, la “Toñimix” al ritmo de “dibididaabidibú”.

Y aunque suene a tópico, yo echo de menos la comida de mi madre todos los días sin excepción. Y me gustaría haber heredado ese arte culinario, pero no lo tengo. A lo mejor necesito un “Ratatouille” que me dirija debajo del gorro de cocinera que no tengo.

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De todas formas, el otro día me sentí como una abuela o madre, al ver como rebañaban la salsa que hice, dejando el plato limpio. ¿Se puede experimentar mayor felicidad y realización personal? (Puede que sí por supuesto, como veis yo a veces me exijo muy poco) Me sentí como si pudiera limpiarme las manos en el mandil blanco y estirarlo, cuál gran cocinero que tras el trabajo bien hecho, se vuelve plácido y orgulloso a seguir cocinando en su amplia cocina y tras él una estela que se abre y se cierra con la puerta típica de las cocinas con una ventana redonda.

Pero yo, ni ventana redonda en la puerta de la cocina, ni mandil. Pero mis invitados a la mesa, saborearon y rebañaron con pan la salsa de pimientos y yo saboreé por microsegundos, las mieles del éxito culinario. Que si hubiera estado allí al lado el mismísimo Berasategui, me hubiera salido un ¡ja! de satisfacción.

Y todo esto no lo soñé. La gente probó y no solo probó, sino que comió mi comida, preparada desde el cariño y el miedo al fracaso gastronómico. Pero amigos, cuando alguien rebaña un plato es la señal. Y ese día, rebañaron todos.

Quiero un bodhran…¿un qué?

Que me gusta la música folk o celta no es ningún secreto, desde que era pequeña siempre me fascinaron esos instrumentos alternativos. Mi pasión por un sonido gaitero o por una whistle  no sé de donde vienen realmente, pero siempre me gustó muchísimo el ritmo ancestral, casi mágico, que destilaban grupos como Luar Na Lubre o The Chieftains, también me conquistó Hevia en su momento con su “Busindrel Reel”, dónde íbamos a parar ¡una gaita eléctrica! Aquello fue un bombazo para la música celta y para sus seguidores, he de confesar que aún sigo emocionándome con ese tema musical, claro… 

Es tal mi gusto por la música celta, que aún recuerdo en una de mis visitas a la preciosa Asturias, que estábamos dando un paseo y escuché tímidamente en el horizonte de la barrera que separa la atmósfera ambiental y el ruido, un sonido de música celta, tal fue mi corazonada que seguí aquel sonido de tambores y de gaitas, que al final, conseguí ver a un grupo de muchachos asturianos tocando unas piezas de música celta.

La anécdota quizás no fuera que mi cerebro y oído rastrearon de donde provenía aquel sonido, sino más bien que mis acompañantes iban a otro sitio y les cambié el rumbo, solo para ver donde venía aquello y yo tenía la edad tonta de eso, catorce…y dijeron : “Y esta guaja, ¿qué le pasa?” y allí estaba yo, dejándome embriagar por ese ritmazo norteño.

Lo que quería contar es que desde que vi a Caroline Corr (si, una de las hermanas de “The Corrs”) tocando un tambor de lado, me puse a investigar para ver como se llamaba aquel timbal, porque yo el máximo contacto que he tenido con el mundo de la percusión, ha sido tocar el tambor en una cofradía de mi pueblo y joe, tengo que confesar que me enganchó, aporreando aquella superficie con los “palillos” podías quitarte el estrés y crear un ritmo a la par (todo sea dicho no muy difícil) y con aquella introducción al mundillo, pues me documenté y descubrí que aquel tambor de Caroline Corr se llamaba Bodhran.

Desde aquel momento empecé a publicar por casa que quería uno, “quiero un bodhran, quiero un bodhran”, y todos me comentaban : ¿un qué?? El bodhran parecía un ente exótico y no caía en Reyes, ni en mis cumples. Cuando salía la conversación con amigos, ¿qué os gustaría tener? o ¿qué os haría ilusión? y yo repetía: un bodhran y la respuesta en innumerables ocasiones fue, ¿un qué? Lejos de sentirme original, me sentía frustrada. “Pues haberlo comprado por internet” estaréis pensando, pues sí, sabia respuesta, pero no sé por qué, siempre lo dejaba de lado (como el cacharro en sí) y nunca tomé esa decisión.

No fue hasta estos Reyes de 2012, que por fin, me cayó el bodhran. Un bodhran precioso con un símbolo celta dibujado en la piel. ¿Lo peor?, pues que cuando fui a coger el “beater” ( la baqueta ) me di cuenta de que mi sueño cumplido de verme tocar el instrumento con maestría, se ha ido al traste, porque soy un verdadero desastre, no sé mover la muñeca con gracia y habilidad. ¿Será por qué no soy irlandesa?, ¿será por qué no corre por mis venas la sangre de Cuchulain y no sé hablar gaelico? Fue una tristeza enorme toparme con la realidad, así que creo que voy a utilizar mi bodhran a modo de artículo decorativo en casa hasta que algún día delante de un tutorial de “youtube” consiga la motivación suficiente para alcanzar un nivel básico de como tocar este instrumento. Pero toda historieta, viene a contar que, “ser persistentes en la vida, si queréis un bodhran y lo peleáis, lo tendréis y como quién dice bodhran dice cualquier cosa”.

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Las tortillas de patatas y sus hijas, las tortillas francesas

Hay una cosa sencilla en la vida que pensé que jamás lograría: hacer una tortilla de patatas.

Sí, aunque penséis que es la mayor chorrada del mundo, yo siempre pensé que jamás sería capaz. Pero tengo que informaros que ya he hecho hasta diez tortillas de patatas, unas peores, otras mejores, otras más sosas, otras que la patata no cabía en sí y etc. Ayer llegó mi tortilla nº10 y fue simplemente perfecta. ¿Será el 10 el número clave para todo? Esperemos que no, porque si fuera a la décima en la que uno aprueba el carnet de conducir sería grave…, pero no voy a irme por ahí. Estaba muy buena, en su justa medida de sal, no demasiado cuajada, redondita, nada de tortilla asimétrica como me ha salido otras veces, más bien tortillas abolladas de patatas o abominaciones culinarias, eso no cabía la menor duda porque tenía patatas a rebosar al no calcular bien la medida proporcional de patatas y huevos. A ver, que hacer tortillas de patatas es un arte en mi opinión. Y por eso mismo, y por lo que me ha costado hacer la tortilla casi perfecta, siempre pensé que jamás lograría hacer una tortilla de patatas. No es que fuera inseguridad, pero lo veía como algo muy laborioso, ¿no?, muy de madre, y algo que hacían los adultos cuando ibas de camping o cuando ibas de visita.

-A ver, a ver ¿qué cenamos?, ¿qué cenamos?, ¡ah, sí!, una tortilla de patatas.

Y en un plis plas, había tres tortillas de patatas para todos, no una, ni dos, sino tres tortillas esponjosas. Y eso para mí siempre fue un misterio, porque no sé si aún habían sacado las tortillas que venden en los supermercados que ya están hechas, las metes en el microondas o en la sartén y tienen aspecto de tortilla de patatas, pero no son lo mismo…no.

Yo me tiro al menos cuarenta minutos elaborando la tortilla, que si pelas las patatas, que si las cortas, que si las pones a fuego lento, luego bates los huevos y luego viene lo peor, la primera vuelta a la tortilla donde ves tu vida pasar en esos cruciales segundos, donde te estás jugando que la tortilla tenga forma de tortilla. A mí ya se me ha quedado pegada media semitortilla en la sartén, pringando todo el fogón de la vitrocerámica y con una peste a restaurante de comida rápida que alucinas y luego a la mañana siguiente sigue ese olor, para recordarme que la primera vuelta a la tortilla fue todo un drama.

Luego hay otra clave para la tortilla de patatas: la cebolla. Aquí el mundo se divide en dos, los del equipo tortilla de patatas con cebolla y los que no.

-Voy a hacer tortilla de patatas.- dice alguien.

Y otro alguien responde:

-¡Ains, pero no le eches cebolla, que no me gusta!

¿Cómo que no te gusta con cebolla?, si la cebolla es la mejor amiga de las tortillas de patatas, le da ese gustito dulce y con sabor, con sabor…pues con sabor a cebolla, que la deja totalmente aderezada y menos sosa. No echarle cebolla a la tortilla de patatas, para mí es como salir a la calle sin mi bolso. Que me falta todo…Pero bueno, para gustos los colores y en cuestión de tortillas de patatas, creo que aún más.

No quisiera olvidarme de los casos de las hijas de las tortillas de patatas y las anécdotas que tengo con ellas. Me refiero a las comúnmente llamadas “tortillas francesas”. Bien, pues siempre que íbamos a casa de alguien cuando eramos pequeñas, mi hermana y yo, lo típico que pasa con los críos, que los mayores están en la mesa con sus langostinos, su fiambre, su vinito y cervezas, y tú ves todo eso y no quieres. Y nuestra madre siempre le decía al anfitrión o anfitriona de la cena/comida/visita, que nos hiciera una “tortilla francesa” a lo que mi hermana una vez, ella contrariada, dijo:

-A mí francesa no, con que sea de Madrid, me vale…

Pero lo grave de mi hermana no era preguntar por la nacionalidad de las tortillas, lo grave de mi hermana era cuando gritaba a pleno pulmón, mientras mi madre batía un huevo para la tortilla en la cocina, esta frase que destrozaría la infancia de muchas tortillas:

-¡Mamáaaaaaaa!

-¿Quéeeeeee?

-¡A mí la tortilla sin huevoooo, ¿¿¿¿eh???!

Y como mi hermana siempre fue una tiquismiquis con la comida, mi madre asentía y cuando íbamos de visita, mi hermana siempre empeñada en apuntar que su tortilla debía ser sin huevo y mi madre no le decía nada a la gente, simplemente porque mi hermana cenara, incluso la apoyaba en su cruzada de STOP HUEVO en las tortillas, única y exclusivamente para que su hija cenara. Amor de madre…

Y bueno, supongo que en todas las casas hay historias que circulan alrededor de las tortillas de patatas o francesas, o españolas o lo que sean. Yo solo sé que cuando estoy de vacaciones en el extranjero, la imagen de una tortilla de patatas aparece constante en mi pensamiento, aparece hasta el olor en mi nariz y llamo a casa y digo:

-¡Qué ganas tengo ya de llegar a casa para comerme una tortilla de patatas!

Hoy es mi cumpleaños

Hoy es mi cumpleaños y no sé por dónde comenzar a escribir. Resumir veinticinco años de existencia a un par de folios escritos en el “Word” es bastante triste. Agradecer como siempre las muestras de cariño con ayuda o no de las redes sociales. Agradecer aún más a los que se acuerdan porque esta fecha les significa algo.

El quince de diciembre de 1986 sobre las seis y diez de la tarde, nacía un perezoso bebé en Logroño. Un bebé que saludaría a sus jovencísimos padres con unos cuantos lloros, supongo. Estuve allí, pero no tengo recuerdo de aquello. Qué pena que el recuerdo más lejano que tenga sea el suicidio de mi chupete. Mi madre enseñándome el chupete ensangrentado (pintauñas rojo). “Se ha muerto el chupete” y a mí me dio un asco aquello…que no lo volví a reclamar más. Claro que mis recuerdos más lejanos son toda una tristeza que para qué. Porque también recuerdo más sangre cuando me quitaron las anginas “a lo vivo”, vamos sin anestesia. Y la mala leche que me entró cuando me dolía la garganta al salir de la operación y me regalaron un cuaderno para colorear. (¡Qué detalle!)

Mucha gente que me conoce desde siempre, desde los momentos en los que yo no me recuerdo a mí misma, me dicen que era una niña especial, vamos que no paraba de hablar. Me hubiera gustado conocerme con unos meses, con unos tres añitos y con cinco o seis. Para decirme que las clases de baile pasarían a ser clases de inglés, para advertirme que las matemáticas serían siempre mi talón de Aquiles y que con eso desechara la idea de ser ingeniero. Supongo que si me pudiera conocer a esas edades, no me diría nada. Por eso de alterar las líneas espacio-temporales y los posibles futuros como siempre suelen decir en las películas y porque no tengo un “Delorean” para volver al pasado, y porque si lo hubiera, volver a pasado solo para conocerme a mí misma suena bastante egocéntrico, pudiendo viajar a sitios y épocas emblemáticas de la historia de la humanidad.

A lo que iba…cuarto de siglo. Cuarto de siglo en mí y a veces pienso que mi vida no es emocionante, es tan normal como la de cualquier mortal de esta época. Lo típico de una persona de veinticinco años, si es que yo puedo ser típica, que no lo sé. Supongo que he invertido varios años de mi cuarto de siglo intentando ser diferente. Porque lo traigo de serie y porque siempre me ha gustado ser distinta. Eso que nadie se atreve a confesar, porque si se confiesa parece que ya no es tan auténtico. Pero yo lo confieso. Creo que fueron mis experiencias traumáticas, el estrabismo, el chupete suicidado, los eternos viajes de una punta a otra del país y los “Greatest Hits” de Queen venga a dar vueltas una y otra vez en el coche. Supongo que mis padres para mantenerme callada un ratico, me dieron cuentos y libros. Y yo pues los leía porque me parecía interesante y aprendía palabras nuevas. Y luego me pasaba lo que me pasaba en el cole, que esta niña habla raro. Y si leía libros porque eran libros y si eran tebeos, porque eran tebeos. Pero siempre fui muy feliz por haber conocido a Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape y los cuentos de los Hermanos Grimm y Andersen. La verdad que a parte de ingenua, siempre he sido una persona muy feliz. Y sin muchos prejuicios. Y si me he sentido diferente es porque siempre me han asaltado preguntas como ¿y qué es lo normal?, ¿y quién es normal?

En mi lucha estos años de no ser igual al resto y de cambiar el mundo, me he dado cuenta de que soy una más y que no puedo cambiar nada del mundo, porque tan solo soy un pequeño punto de esta constelación de ciudades y gentes. En estos veinticinco años he aprendido cientos de cosas y la que más me ha gustado es la de seguir aprendiendo por siempre. Y una muy importante, dar las gracias a todas las personas que me han entendido y apoyado en mi travesía de ser incomprendida y rebelde por las causas perdidas. También a esas nubes negras y sus acciones oscuras, por enseñarme que es lo que no quiero ser.

Cuando era pequeña o ¿ahora tendré que decir, cuando era más joven?, cuando tenía menos edad, pensaba que con veinticinco sería una persona totalmente adulta y madura. Pero es que fui una adolescente muy madura y ahora en esta etapa veinteañera que no sé que es, estoy un poco adolescente. Y no me importa. A veces, no sé si me estoy confundiendo con las decisiones que he tomado y otras, no me importan, porque la vida, por muy deprimente que quieran hacérnosla ver, tiene momentos y anécdotas irrepetibles. Momentos que hay que hacer que cuenten, risas que deben ser escuchadas a través del tiempo y el espacio para recordarnos a nuestros veinticinco, diecinueve, cuarenta y tantos, sesenta y tantos, quiénes somos y qué estamos vivos. ¿Mayor regalo que ese?

Ensayo sobre el estrabismo

Llevar gafas marca y el que diga lo contrario, miente. Llevar gafas marca una vida, ya que en el colegio, la palabra “Cuatro-ojos” sobrevuela tu persona alguna vez que otra. O como cuando uno mira las fotos antiguas se puede dar cuenta de la moda gafal, que aunque ahora se lleven las gafas antiguas, nunca serán tan horribles como las que se llevaban por entonces. Unas gafas redondas enormes que te tapaban media cara infantil, y qué decir si encima el flash te había tapado un ojo porque el cristal atrapó todo el fogonazo, entonces sí que es una mierda de foto. Porque ahí, ya no estás tú, ahí está el “Ostras, el/la gafotas qué horror, ¿quién era?” y tú respondes: “Yo…” y luego piensas, “Maldito momento que me puse a enseñar fotos”.

El caso es que llevar gafas marca, pero marca más toda una infancia y tu persona, cuando se tiene estrabismo. Venga sí, eso que todo el mundo conoce como “bizco”. No hay cosa más antiestética que sufrir estrabismo. Por suerte, yo solo sufrí estrabismo en un ojo y mi ojo me bailaba hacia dentro, hacía la nariz. En esa etapa de mi vida cuando el estrabismo se cebaba conmigo cuando era un bebé, las fotos resultan graciosas. Pero los días de llevar un parche en el ojo más las gafotas, esos días solos los he sufrido yo. Gracias a los médicos de la clínica a la que me llevaron mis padres desde pequeña, no tuve que pasar por cirugía láser y controlé el estrabismo, hasta tal punto de que nadie me lo nota. Y eso fue a base de muchos viajes, muchas consultas, muchas gafas raras de distintos colores, etc, etc.

A la clínica a la que yo iba, había unos médicos que parecían sacados de “Anatomía de Grey” de lo guapos que eran. Resulta que me sentaban en el sillón enorme negro de cuero y me acercaban una luz de estas para mirarme el ojo, luego me hacían mirar a un palito de madera delante de su cara y me decían, “A ver, sigue el palito” y yo os juro que quería seguir el palito de madera con mis delicados ojos, pero es que eran tan guapos que yo lo que quería era verlos a ellos detrás del palito y claro, con mis ojos rebeldes, el médico pensaría que no se me curaría el estrabismo nunca.

En fin, mis historias con los oculistas. La cosa es que el estrabismo también me ha hecho ser quién soy hoy, evidentemente. Aún conservo mis primeras gafas rosas que me pusieron con dos o tres años. Incluso algunas que tenían doble cristal y yo aunque era muy pequeña, era consciente del grosor de aquellos cristales y todo el mundo me preguntaba que si estaban rotas y yo me aprendí la respuesta a la puñetera pregunta:

-No, es que son bifocales. La parte de arriba es para ver de lejos y la de abajo para ver de cerca.

Y ya me dejaban en paz. Resulta que cuando uno tiene un ojo insubordinado y que va a contracorriente, al final uno también es un poco así, como el ojo rebelde. Y ese ojo rebelde hace que aún siendo uno un mocoso sea consciente de que no puede estar por ahí. Y yo luché mucho cuando era niña junto con mis padres y los médicos guapos, para que no me tuvieran que llevar a Lourdes como decía mi yayo para curarme el ojo. Y así fue, el estrabismo me dejó tranquila y lo recuerdo con nostalgia de mi niñez, no para que vuelva que no lo quiero, sino por lo constante y aplicada que fui. Y también decir que si Alain Afflelou hubiera estado en mi época, se hubiera forrado conmigo, porque unas cuantas gafas sí que se me cayeron.