Las tortillas de patatas y sus hijas, las tortillas francesas

Hay una cosa sencilla en la vida que pensé que jamás lograría: hacer una tortilla de patatas.

Sí, aunque penséis que es la mayor chorrada del mundo, yo siempre pensé que jamás sería capaz. Pero tengo que informaros que ya he hecho hasta diez tortillas de patatas, unas peores, otras mejores, otras más sosas, otras que la patata no cabía en sí y etc. Ayer llegó mi tortilla nº10 y fue simplemente perfecta. ¿Será el 10 el número clave para todo? Esperemos que no, porque si fuera a la décima en la que uno aprueba el carnet de conducir sería grave…, pero no voy a irme por ahí. Estaba muy buena, en su justa medida de sal, no demasiado cuajada, redondita, nada de tortilla asimétrica como me ha salido otras veces, más bien tortillas abolladas de patatas o abominaciones culinarias, eso no cabía la menor duda porque tenía patatas a rebosar al no calcular bien la medida proporcional de patatas y huevos. A ver, que hacer tortillas de patatas es un arte en mi opinión. Y por eso mismo, y por lo que me ha costado hacer la tortilla casi perfecta, siempre pensé que jamás lograría hacer una tortilla de patatas. No es que fuera inseguridad, pero lo veía como algo muy laborioso, ¿no?, muy de madre, y algo que hacían los adultos cuando ibas de camping o cuando ibas de visita.

-A ver, a ver ¿qué cenamos?, ¿qué cenamos?, ¡ah, sí!, una tortilla de patatas.

Y en un plis plas, había tres tortillas de patatas para todos, no una, ni dos, sino tres tortillas esponjosas. Y eso para mí siempre fue un misterio, porque no sé si aún habían sacado las tortillas que venden en los supermercados que ya están hechas, las metes en el microondas o en la sartén y tienen aspecto de tortilla de patatas, pero no son lo mismo…no.

Yo me tiro al menos cuarenta minutos elaborando la tortilla, que si pelas las patatas, que si las cortas, que si las pones a fuego lento, luego bates los huevos y luego viene lo peor, la primera vuelta a la tortilla donde ves tu vida pasar en esos cruciales segundos, donde te estás jugando que la tortilla tenga forma de tortilla. A mí ya se me ha quedado pegada media semitortilla en la sartén, pringando todo el fogón de la vitrocerámica y con una peste a restaurante de comida rápida que alucinas y luego a la mañana siguiente sigue ese olor, para recordarme que la primera vuelta a la tortilla fue todo un drama.

Luego hay otra clave para la tortilla de patatas: la cebolla. Aquí el mundo se divide en dos, los del equipo tortilla de patatas con cebolla y los que no.

-Voy a hacer tortilla de patatas.- dice alguien.

Y otro alguien responde:

-¡Ains, pero no le eches cebolla, que no me gusta!

¿Cómo que no te gusta con cebolla?, si la cebolla es la mejor amiga de las tortillas de patatas, le da ese gustito dulce y con sabor, con sabor…pues con sabor a cebolla, que la deja totalmente aderezada y menos sosa. No echarle cebolla a la tortilla de patatas, para mí es como salir a la calle sin mi bolso. Que me falta todo…Pero bueno, para gustos los colores y en cuestión de tortillas de patatas, creo que aún más.

No quisiera olvidarme de los casos de las hijas de las tortillas de patatas y las anécdotas que tengo con ellas. Me refiero a las comúnmente llamadas “tortillas francesas”. Bien, pues siempre que íbamos a casa de alguien cuando eramos pequeñas, mi hermana y yo, lo típico que pasa con los críos, que los mayores están en la mesa con sus langostinos, su fiambre, su vinito y cervezas, y tú ves todo eso y no quieres. Y nuestra madre siempre le decía al anfitrión o anfitriona de la cena/comida/visita, que nos hiciera una “tortilla francesa” a lo que mi hermana una vez, ella contrariada, dijo:

-A mí francesa no, con que sea de Madrid, me vale…

Pero lo grave de mi hermana no era preguntar por la nacionalidad de las tortillas, lo grave de mi hermana era cuando gritaba a pleno pulmón, mientras mi madre batía un huevo para la tortilla en la cocina, esta frase que destrozaría la infancia de muchas tortillas:

-¡Mamáaaaaaaa!

-¿Quéeeeeee?

-¡A mí la tortilla sin huevoooo, ¿¿¿¿eh???!

Y como mi hermana siempre fue una tiquismiquis con la comida, mi madre asentía y cuando íbamos de visita, mi hermana siempre empeñada en apuntar que su tortilla debía ser sin huevo y mi madre no le decía nada a la gente, simplemente porque mi hermana cenara, incluso la apoyaba en su cruzada de STOP HUEVO en las tortillas, única y exclusivamente para que su hija cenara. Amor de madre…

Y bueno, supongo que en todas las casas hay historias que circulan alrededor de las tortillas de patatas o francesas, o españolas o lo que sean. Yo solo sé que cuando estoy de vacaciones en el extranjero, la imagen de una tortilla de patatas aparece constante en mi pensamiento, aparece hasta el olor en mi nariz y llamo a casa y digo:

-¡Qué ganas tengo ya de llegar a casa para comerme una tortilla de patatas!

Hoy es mi cumpleaños

Hoy es mi cumpleaños y no sé por dónde comenzar a escribir. Resumir veinticinco años de existencia a un par de folios escritos en el “Word” es bastante triste. Agradecer como siempre las muestras de cariño con ayuda o no de las redes sociales. Agradecer aún más a los que se acuerdan porque esta fecha les significa algo.

El quince de diciembre de 1986 sobre las seis y diez de la tarde, nacía un perezoso bebé en Logroño. Un bebé que saludaría a sus jovencísimos padres con unos cuantos lloros, supongo. Estuve allí, pero no tengo recuerdo de aquello. Qué pena que el recuerdo más lejano que tenga sea el suicidio de mi chupete. Mi madre enseñándome el chupete ensangrentado (pintauñas rojo). “Se ha muerto el chupete” y a mí me dio un asco aquello…que no lo volví a reclamar más. Claro que mis recuerdos más lejanos son toda una tristeza que para qué. Porque también recuerdo más sangre cuando me quitaron las anginas “a lo vivo”, vamos sin anestesia. Y la mala leche que me entró cuando me dolía la garganta al salir de la operación y me regalaron un cuaderno para colorear. (¡Qué detalle!)

Mucha gente que me conoce desde siempre, desde los momentos en los que yo no me recuerdo a mí misma, me dicen que era una niña especial, vamos que no paraba de hablar. Me hubiera gustado conocerme con unos meses, con unos tres añitos y con cinco o seis. Para decirme que las clases de baile pasarían a ser clases de inglés, para advertirme que las matemáticas serían siempre mi talón de Aquiles y que con eso desechara la idea de ser ingeniero. Supongo que si me pudiera conocer a esas edades, no me diría nada. Por eso de alterar las líneas espacio-temporales y los posibles futuros como siempre suelen decir en las películas y porque no tengo un “Delorean” para volver al pasado, y porque si lo hubiera, volver a pasado solo para conocerme a mí misma suena bastante egocéntrico, pudiendo viajar a sitios y épocas emblemáticas de la historia de la humanidad.

A lo que iba…cuarto de siglo. Cuarto de siglo en mí y a veces pienso que mi vida no es emocionante, es tan normal como la de cualquier mortal de esta época. Lo típico de una persona de veinticinco años, si es que yo puedo ser típica, que no lo sé. Supongo que he invertido varios años de mi cuarto de siglo intentando ser diferente. Porque lo traigo de serie y porque siempre me ha gustado ser distinta. Eso que nadie se atreve a confesar, porque si se confiesa parece que ya no es tan auténtico. Pero yo lo confieso. Creo que fueron mis experiencias traumáticas, el estrabismo, el chupete suicidado, los eternos viajes de una punta a otra del país y los “Greatest Hits” de Queen venga a dar vueltas una y otra vez en el coche. Supongo que mis padres para mantenerme callada un ratico, me dieron cuentos y libros. Y yo pues los leía porque me parecía interesante y aprendía palabras nuevas. Y luego me pasaba lo que me pasaba en el cole, que esta niña habla raro. Y si leía libros porque eran libros y si eran tebeos, porque eran tebeos. Pero siempre fui muy feliz por haber conocido a Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape y los cuentos de los Hermanos Grimm y Andersen. La verdad que a parte de ingenua, siempre he sido una persona muy feliz. Y sin muchos prejuicios. Y si me he sentido diferente es porque siempre me han asaltado preguntas como ¿y qué es lo normal?, ¿y quién es normal?

En mi lucha estos años de no ser igual al resto y de cambiar el mundo, me he dado cuenta de que soy una más y que no puedo cambiar nada del mundo, porque tan solo soy un pequeño punto de esta constelación de ciudades y gentes. En estos veinticinco años he aprendido cientos de cosas y la que más me ha gustado es la de seguir aprendiendo por siempre. Y una muy importante, dar las gracias a todas las personas que me han entendido y apoyado en mi travesía de ser incomprendida y rebelde por las causas perdidas. También a esas nubes negras y sus acciones oscuras, por enseñarme que es lo que no quiero ser.

Cuando era pequeña o ¿ahora tendré que decir, cuando era más joven?, cuando tenía menos edad, pensaba que con veinticinco sería una persona totalmente adulta y madura. Pero es que fui una adolescente muy madura y ahora en esta etapa veinteañera que no sé que es, estoy un poco adolescente. Y no me importa. A veces, no sé si me estoy confundiendo con las decisiones que he tomado y otras, no me importan, porque la vida, por muy deprimente que quieran hacérnosla ver, tiene momentos y anécdotas irrepetibles. Momentos que hay que hacer que cuenten, risas que deben ser escuchadas a través del tiempo y el espacio para recordarnos a nuestros veinticinco, diecinueve, cuarenta y tantos, sesenta y tantos, quiénes somos y qué estamos vivos. ¿Mayor regalo que ese?

Ensayo sobre el estrabismo

Llevar gafas marca y el que diga lo contrario, miente. Llevar gafas marca una vida, ya que en el colegio, la palabra “Cuatro-ojos” sobrevuela tu persona alguna vez que otra. O como cuando uno mira las fotos antiguas se puede dar cuenta de la moda gafal, que aunque ahora se lleven las gafas antiguas, nunca serán tan horribles como las que se llevaban por entonces. Unas gafas redondas enormes que te tapaban media cara infantil, y qué decir si encima el flash te había tapado un ojo porque el cristal atrapó todo el fogonazo, entonces sí que es una mierda de foto. Porque ahí, ya no estás tú, ahí está el “Ostras, el/la gafotas qué horror, ¿quién era?” y tú respondes: “Yo…” y luego piensas, “Maldito momento que me puse a enseñar fotos”.

El caso es que llevar gafas marca, pero marca más toda una infancia y tu persona, cuando se tiene estrabismo. Venga sí, eso que todo el mundo conoce como “bizco”. No hay cosa más antiestética que sufrir estrabismo. Por suerte, yo solo sufrí estrabismo en un ojo y mi ojo me bailaba hacia dentro, hacía la nariz. En esa etapa de mi vida cuando el estrabismo se cebaba conmigo cuando era un bebé, las fotos resultan graciosas. Pero los días de llevar un parche en el ojo más las gafotas, esos días solos los he sufrido yo. Gracias a los médicos de la clínica a la que me llevaron mis padres desde pequeña, no tuve que pasar por cirugía láser y controlé el estrabismo, hasta tal punto de que nadie me lo nota. Y eso fue a base de muchos viajes, muchas consultas, muchas gafas raras de distintos colores, etc, etc.

A la clínica a la que yo iba, había unos médicos que parecían sacados de “Anatomía de Grey” de lo guapos que eran. Resulta que me sentaban en el sillón enorme negro de cuero y me acercaban una luz de estas para mirarme el ojo, luego me hacían mirar a un palito de madera delante de su cara y me decían, “A ver, sigue el palito” y yo os juro que quería seguir el palito de madera con mis delicados ojos, pero es que eran tan guapos que yo lo que quería era verlos a ellos detrás del palito y claro, con mis ojos rebeldes, el médico pensaría que no se me curaría el estrabismo nunca.

En fin, mis historias con los oculistas. La cosa es que el estrabismo también me ha hecho ser quién soy hoy, evidentemente. Aún conservo mis primeras gafas rosas que me pusieron con dos o tres años. Incluso algunas que tenían doble cristal y yo aunque era muy pequeña, era consciente del grosor de aquellos cristales y todo el mundo me preguntaba que si estaban rotas y yo me aprendí la respuesta a la puñetera pregunta:

-No, es que son bifocales. La parte de arriba es para ver de lejos y la de abajo para ver de cerca.

Y ya me dejaban en paz. Resulta que cuando uno tiene un ojo insubordinado y que va a contracorriente, al final uno también es un poco así, como el ojo rebelde. Y ese ojo rebelde hace que aún siendo uno un mocoso sea consciente de que no puede estar por ahí. Y yo luché mucho cuando era niña junto con mis padres y los médicos guapos, para que no me tuvieran que llevar a Lourdes como decía mi yayo para curarme el ojo. Y así fue, el estrabismo me dejó tranquila y lo recuerdo con nostalgia de mi niñez, no para que vuelva que no lo quiero, sino por lo constante y aplicada que fui. Y también decir que si Alain Afflelou hubiera estado en mi época, se hubiera forrado conmigo, porque unas cuantas gafas sí que se me cayeron.

Hoy es mi cumpleaños

Me encantaría que todos los días fueran como el de hoy. Me encantan los quinces de todos los diciembres. Este año cumplo veinticuatro años de existencia en este mundo y aunque soy una quejica empedernida y siempre he sido una inconformista total, me encanta estar aquí. Y lo que más me encanta es haberme despertado hoy, aún estando lejos de casa y de los míos, con mensajes de mis seres queridos en el móvil. La llamada de mis padres a primerísima hora de la mañana, de mi familia y a lo largo del día felicitaciones de amigos y conocidos.

Incluso en el trabajo, mis compañeros me compraron una napolitana y le pusieron unas velitas y me cantaron “porque es una chica excelente”… detalle que me hizo mucha gracia y me hizo sonreír hoy una vez más de tantas.

Al pasar las doce en punto, he tenido la suerte por primera vez de estar acompañada de una persona muy importante para mí, que me dio sus regalos, aunque el verdadero regalo era poder compartir pasar del 14 de diciembre al 15 de diciembre con él.

Hoy lo mejor no es que sea mi cumpleaños, hoy lo mejor es sentir el cariño, el amor y aprecio de la gente que quiero y adoro. Pues aunque estén lejos, hoy los he sentido cerca…

Me mola el 15 de diciembre, me da igual la edad que cumpla, siempre me hará ilusión.
Un brindis para todos: ¡Porque estamos vivos!