1, 2, 3… ¡Masterchef!

Me encanta comer. ¿Gula? pues a veces sí, incluso a veces después del trabajo pienso : “Uhm, una palmera de chocolate, uhm, una tortilla de patatas, uhm un huevo frito…, ¿por qué no?” y luego afirmo: “Me lo merezco” y luego mi amiga Nieves me planta esta imagen que viene a decir: “No te recompenses con comida, no eres un perro”.

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Pero fuera coñas…me gusta comer y uno pensaría que el acto de cocinar viene muy ligado a ello. Si te gusta comer seguro que disfrutas cocinando. Pues no, no es mi caso, es más me parece una de las cosas rutinarias junto con conducir más meritorias del mundo. Sí, en serio, esa soy yo. Cuando conduzco me doy un aplauso y cuando aparco y bajo del coche, me hago la ola.

El otro día vino visita familiar a casa y no mi propia familia, puf, con lo cuál la presión era muchísimo mayor. Preocúpate por un menú que esté decente, que esté bueno y que tenga buen aspecto, como dirían en los famosos concursos de cocina, “el emplatado”.

Estuve una semana dándole vueltas a la cabeza y llamando a mi madre para pedirle recetas y sus indicaciones eran:

-Mamá, pero ¿cuánto de sal?

-No sé, un poco, bueno tampoco tan poco, un poco pero que tú veas que está bien.

Y yo que siempre he tenido estrabismo y problemas con la vista, yo no veo bien en la cocina…

-Mamá, ¿y cuándo le añado la nata?

-Pues yo que sé cuando todo esté haciendo “chup, chup” mientras se sofríe, ahí…

Mi cara al teléfono es un cuadro, no tengo ojo, no tengo intuición culinaria y desbordo imaginación para otras cosas, pero para la cocina no sé qué crear. Veo dos tomates y un huevo y ¿qué hago, dios mio? si es que hasta los niños de la edición de Masterchef Junior son más inteligentes en esto que yo. Y los admiro, a ellos, a los cocineros y a mi madre por supuesto, que parece el hada Madrina de Cenicienta, añadiendo ingredientes como si fueran ingredientes mágicos para crear un olor y un plato único y exquisito.

Mi madre va echando alimentos a no solamente una cazuela, si no que puede estar preparando un salmorejo, unas albóndigas, una carrillada y un flan a la par. Toda la cocina a máxima potencia, todo a babor y la Thermomix de mera espectadora y de vez en cuándo la interrumpe con el “tinonaní, tinonaní” pero ahí la que hace el verdadero trabajo es mi madre, la “Toñimix” al ritmo de “dibididaabidibú”.

Y aunque suene a tópico, yo echo de menos la comida de mi madre todos los días sin excepción. Y me gustaría haber heredado ese arte culinario, pero no lo tengo. A lo mejor necesito un “Ratatouille” que me dirija debajo del gorro de cocinera que no tengo.

Ratatouille 1

De todas formas, el otro día me sentí como una abuela o madre, al ver como rebañaban la salsa que hice, dejando el plato limpio. ¿Se puede experimentar mayor felicidad y realización personal? (Puede que sí por supuesto, como veis yo a veces me exijo muy poco) Me sentí como si pudiera limpiarme las manos en el mandil blanco y estirarlo, cuál gran cocinero que tras el trabajo bien hecho, se vuelve plácido y orgulloso a seguir cocinando en su amplia cocina y tras él una estela que se abre y se cierra con la puerta típica de las cocinas con una ventana redonda.

Pero yo, ni ventana redonda en la puerta de la cocina, ni mandil. Pero mis invitados a la mesa, saborearon y rebañaron con pan la salsa de pimientos y yo saboreé por microsegundos, las mieles del éxito culinario. Que si hubiera estado allí al lado el mismísimo Berasategui, me hubiera salido un ¡ja! de satisfacción.

Y todo esto no lo soñé. La gente probó y no solo probó, sino que comió mi comida, preparada desde el cariño y el miedo al fracaso gastronómico. Pero amigos, cuando alguien rebaña un plato es la señal. Y ese día, rebañaron todos.

Desilusión respostera a causa de un horno rebelde

Ayer me pasó una tragedia repostera y necesito contarla. En mi trabajo todos los años se hace un concurso para Thanksgiving (sí, acción de gracias) y todo el mundo lleva unas tartas preciosas, muy elaboradas y riquísimas. Yo siempre termino llevando una botella de coca-cola o algo así. Sí, soy una cutre total, pero es que no tenía horno antes y siempre he creído que yo jamás sería capaz de hacer una tarta, esto mismo me pasa cuando me quiero pintar la raya del ojo como todas las mortales y como también le pasa a una conocida bloguera su blog lo podéis encontrar a la derecha y se llama “Pero que broma es esta”. También pensé de mi inutilidad culinaria para hacer tortillas de patatas (ahora tengo un Advanced en hacer Tortillas de patatas casi) y luego también demuestro que hay en mi cerebro o cerebelo que hace que yo no coordine bien y es que no me enseñes un volante y algo que tenga cuatro ruedas porque no nos caemos bien, por lo menos a primera vista. En fin, que voy a proceder a relatar lo que me pasó ayer.

Llevo toda la semana dando el coñazo a mis amigos, a Nini, a Águeda, a mi madre, a todo el mundo. “¿Me decís una receta de tarta/bizcocho fácil?”. Y me dieron la típica del yogur, nivel pre-escolar como dice Nini. Sencillísima, pero muy buena. Coges un yogur de limón (si quieres) y vas llenándolo luego con harina, aceite, azúcar, el sobre de levadura, los huevos y a mezclar y al horno.

Cuando yo ya tenía todo batido y aquello tenía un olorcillo a los ingredientes y un colorcico bastante amigable, lo eché en el molde de tarta-bizcocho, que me compré exclusivamente para comenzar en el mundo de la repostería. Total, que lo meto en el horno, anteriormente precalentado a 180º, yo muy obediente a todos los pasos de la receta e instrucciones. Lo dejo allí, como quién deja a su hijo en la guardería  y está deseando recogerlo a la salida.

Me pongo a intentar matar el tiempo, empiezo a imaginar su pinta, si se quedará doradito o no, si estará esponjoso. Me había imaginado rellenándolo de Nutella y había visto a todos desayunandolo y diciéndome “Uhm, delicioso” y yo “Gracias, gracias, es el primero que hago”. Cuando después de todo este episodio no real de expectativas creadas en mi imaginación, voy a la cocina  y veo que hay algo raro. La luz del horno estaba apagada, un sudor frío me recorrió la espalda temiéndome lo peor. El fatídico desenlace estaba a punto de acaecer. Abrí la puerta del horno sigilosamente, por eso de que si lo abres antes de tiempo, se baja y se queda feo…abrí la puerta sigilosamente y cuán grande mi sorpresa, el bizcocho no estaba ni doradito, ¡ni si quiera hecho!

Mi obra maestra a mediohacer y yo con estos pelos. “¿Qué hago?, ¿Qué hago?” en un amago de intentar reanimarlo, cogí el molde con la masaquieroserunbizcochodeverdad y lo metí en el microondas, aquello empezó a dar vueltas y el resultado fue un auténtico desastre y caos de bizcocho. Aunque he de decir que los trozos que estaban bien horneados gracias al calor residual del horno antes de que feneciera, estaban esponjosos y sabían a limón.

Pero, la sensación de vacío, todas las expectativas a la porra y el bizcocho, a mediohacer, un bizcocho inmaduro que no pudo hacer realidad mi sueño de plantarlo en la mesa y que todos comieran de él. Otra vez será…