Hoy es mi Cumpleaños

Creo que llevo escribiendo esto, desde que cumplí los dos patitos aquellos que han desaparecido a una velocidad vertiginosa, la verdad. Hoy 15 de diciembre hago 27. ¡27! madre de mi alma, esto solo me hace pensar que el tiempo vuela, pero vuela a la velocidad de la luz no en una compañía “low-cost” cualquiera…

El otro día en clase les pregunté a mis alumnos si habían cumplido alguna de sus metas o sueños y en mi cabeza pasaban mientras algunos de los míos : soy profesora y no hay trabajo más reconfortante en el mundo, he ido a Escocia, he estado delante del antiguo Kodak Theatre donde se celebran los Óscars en Los Ángeles, aunque no he publicado ningún libro y mi carrera como solista ha quedado relegada a cantante de ducha asidua. Pero la verdad, que dejando las banalidades a parte, he cumplido muchos y la respuesta que me dio uno de mis alumnos después de haber superado una enfermedad con eso de “seguir viviendo” me dejó con la emoción en la garganta. Porque somos humanos y estamos aquí “de regalo” como dice una sabia amiga mía.

Así que, aunque la cifra de 27 ya no suene tan adolescente como los 17, no me parecen en absoluto unos malos dígitos. Y reflexionando sobre el momento dulce que estoy viviendo y que quisiera alargar para siempre, me da miedo confesar o decirme a mí misma con la que está cayendo que soy feliz, pero es que lo soy y como la felicidad es un estado pero no dura eternamente (desafortunadamente) más vale que lo saboree lo que quiera brindarme la suerte, la vida, la gente que tengo alrededor que quiero y de la que aprendo constantemente. Aquellos que se ríen conmigo y si tienen bebida en la mano, me la escupen literalmente a la cara de la risa, ya me ha pasado varias veces, voy a tener que escoger los momentos cómicos que me dan, pero a veces no los sé autocontrolar y la espontaneidad es algo que no hay que perder o eso dicen…

Lo importante para ser feliz es ponerse metas pequeñas y cumplibles, rodearse de gente que te haga sonreír y reír, ¡reír mucho! , estar dispuesto a dar y ser agradecido. Y comerse una copa de chocolate, espachurrarte en el sofá con una manta, llorar con una película de la emoción, escuchar música que no falte nunca, saborear la belleza de las cosas pequeñas que están presentes en nuestra vida. Valorar lo que tenemos y lo que somos, luchar como si hoy fuera siempre el último día. Microenamorarse o macroenamorarse como si viviéramos en la piel de un quinceañero con acné, porque si el acné no nos abandona, ¿ por qué ha de hacerlo la pasión, el ímpetu y el arrojo de seguir disfrutando? La vida ya pondrá obstáculos por sí misma, pero mientras tanto, vivir qué gran y maravilloso regalo. 

Gracias a todos los que me aguantáis y compartís mis momentos dramáticos, exagerados, absurdos y pesados y buenos, porque también hay buenos!

Y gracias a ti, al que no le gusta que le pongan en vergüenza  y no te nombro, pero si mi vida fuera una película, la escena más bonita sería aquella en la que te encontraría mil y una vez debajo de aquel paraguas, porque así comenzó todo. 

 

Las tortillas de patatas y sus hijas, las tortillas francesas

Hay una cosa sencilla en la vida que pensé que jamás lograría: hacer una tortilla de patatas.

Sí, aunque penséis que es la mayor chorrada del mundo, yo siempre pensé que jamás sería capaz. Pero tengo que informaros que ya he hecho hasta diez tortillas de patatas, unas peores, otras mejores, otras más sosas, otras que la patata no cabía en sí y etc. Ayer llegó mi tortilla nº10 y fue simplemente perfecta. ¿Será el 10 el número clave para todo? Esperemos que no, porque si fuera a la décima en la que uno aprueba el carnet de conducir sería grave…, pero no voy a irme por ahí. Estaba muy buena, en su justa medida de sal, no demasiado cuajada, redondita, nada de tortilla asimétrica como me ha salido otras veces, más bien tortillas abolladas de patatas o abominaciones culinarias, eso no cabía la menor duda porque tenía patatas a rebosar al no calcular bien la medida proporcional de patatas y huevos. A ver, que hacer tortillas de patatas es un arte en mi opinión. Y por eso mismo, y por lo que me ha costado hacer la tortilla casi perfecta, siempre pensé que jamás lograría hacer una tortilla de patatas. No es que fuera inseguridad, pero lo veía como algo muy laborioso, ¿no?, muy de madre, y algo que hacían los adultos cuando ibas de camping o cuando ibas de visita.

-A ver, a ver ¿qué cenamos?, ¿qué cenamos?, ¡ah, sí!, una tortilla de patatas.

Y en un plis plas, había tres tortillas de patatas para todos, no una, ni dos, sino tres tortillas esponjosas. Y eso para mí siempre fue un misterio, porque no sé si aún habían sacado las tortillas que venden en los supermercados que ya están hechas, las metes en el microondas o en la sartén y tienen aspecto de tortilla de patatas, pero no son lo mismo…no.

Yo me tiro al menos cuarenta minutos elaborando la tortilla, que si pelas las patatas, que si las cortas, que si las pones a fuego lento, luego bates los huevos y luego viene lo peor, la primera vuelta a la tortilla donde ves tu vida pasar en esos cruciales segundos, donde te estás jugando que la tortilla tenga forma de tortilla. A mí ya se me ha quedado pegada media semitortilla en la sartén, pringando todo el fogón de la vitrocerámica y con una peste a restaurante de comida rápida que alucinas y luego a la mañana siguiente sigue ese olor, para recordarme que la primera vuelta a la tortilla fue todo un drama.

Luego hay otra clave para la tortilla de patatas: la cebolla. Aquí el mundo se divide en dos, los del equipo tortilla de patatas con cebolla y los que no.

-Voy a hacer tortilla de patatas.- dice alguien.

Y otro alguien responde:

-¡Ains, pero no le eches cebolla, que no me gusta!

¿Cómo que no te gusta con cebolla?, si la cebolla es la mejor amiga de las tortillas de patatas, le da ese gustito dulce y con sabor, con sabor…pues con sabor a cebolla, que la deja totalmente aderezada y menos sosa. No echarle cebolla a la tortilla de patatas, para mí es como salir a la calle sin mi bolso. Que me falta todo…Pero bueno, para gustos los colores y en cuestión de tortillas de patatas, creo que aún más.

No quisiera olvidarme de los casos de las hijas de las tortillas de patatas y las anécdotas que tengo con ellas. Me refiero a las comúnmente llamadas “tortillas francesas”. Bien, pues siempre que íbamos a casa de alguien cuando eramos pequeñas, mi hermana y yo, lo típico que pasa con los críos, que los mayores están en la mesa con sus langostinos, su fiambre, su vinito y cervezas, y tú ves todo eso y no quieres. Y nuestra madre siempre le decía al anfitrión o anfitriona de la cena/comida/visita, que nos hiciera una “tortilla francesa” a lo que mi hermana una vez, ella contrariada, dijo:

-A mí francesa no, con que sea de Madrid, me vale…

Pero lo grave de mi hermana no era preguntar por la nacionalidad de las tortillas, lo grave de mi hermana era cuando gritaba a pleno pulmón, mientras mi madre batía un huevo para la tortilla en la cocina, esta frase que destrozaría la infancia de muchas tortillas:

-¡Mamáaaaaaaa!

-¿Quéeeeeee?

-¡A mí la tortilla sin huevoooo, ¿¿¿¿eh???!

Y como mi hermana siempre fue una tiquismiquis con la comida, mi madre asentía y cuando íbamos de visita, mi hermana siempre empeñada en apuntar que su tortilla debía ser sin huevo y mi madre no le decía nada a la gente, simplemente porque mi hermana cenara, incluso la apoyaba en su cruzada de STOP HUEVO en las tortillas, única y exclusivamente para que su hija cenara. Amor de madre…

Y bueno, supongo que en todas las casas hay historias que circulan alrededor de las tortillas de patatas o francesas, o españolas o lo que sean. Yo solo sé que cuando estoy de vacaciones en el extranjero, la imagen de una tortilla de patatas aparece constante en mi pensamiento, aparece hasta el olor en mi nariz y llamo a casa y digo:

-¡Qué ganas tengo ya de llegar a casa para comerme una tortilla de patatas!

Ensayo sobre el estrabismo

Llevar gafas marca y el que diga lo contrario, miente. Llevar gafas marca una vida, ya que en el colegio, la palabra “Cuatro-ojos” sobrevuela tu persona alguna vez que otra. O como cuando uno mira las fotos antiguas se puede dar cuenta de la moda gafal, que aunque ahora se lleven las gafas antiguas, nunca serán tan horribles como las que se llevaban por entonces. Unas gafas redondas enormes que te tapaban media cara infantil, y qué decir si encima el flash te había tapado un ojo porque el cristal atrapó todo el fogonazo, entonces sí que es una mierda de foto. Porque ahí, ya no estás tú, ahí está el “Ostras, el/la gafotas qué horror, ¿quién era?” y tú respondes: “Yo…” y luego piensas, “Maldito momento que me puse a enseñar fotos”.

El caso es que llevar gafas marca, pero marca más toda una infancia y tu persona, cuando se tiene estrabismo. Venga sí, eso que todo el mundo conoce como “bizco”. No hay cosa más antiestética que sufrir estrabismo. Por suerte, yo solo sufrí estrabismo en un ojo y mi ojo me bailaba hacia dentro, hacía la nariz. En esa etapa de mi vida cuando el estrabismo se cebaba conmigo cuando era un bebé, las fotos resultan graciosas. Pero los días de llevar un parche en el ojo más las gafotas, esos días solos los he sufrido yo. Gracias a los médicos de la clínica a la que me llevaron mis padres desde pequeña, no tuve que pasar por cirugía láser y controlé el estrabismo, hasta tal punto de que nadie me lo nota. Y eso fue a base de muchos viajes, muchas consultas, muchas gafas raras de distintos colores, etc, etc.

A la clínica a la que yo iba, había unos médicos que parecían sacados de “Anatomía de Grey” de lo guapos que eran. Resulta que me sentaban en el sillón enorme negro de cuero y me acercaban una luz de estas para mirarme el ojo, luego me hacían mirar a un palito de madera delante de su cara y me decían, “A ver, sigue el palito” y yo os juro que quería seguir el palito de madera con mis delicados ojos, pero es que eran tan guapos que yo lo que quería era verlos a ellos detrás del palito y claro, con mis ojos rebeldes, el médico pensaría que no se me curaría el estrabismo nunca.

En fin, mis historias con los oculistas. La cosa es que el estrabismo también me ha hecho ser quién soy hoy, evidentemente. Aún conservo mis primeras gafas rosas que me pusieron con dos o tres años. Incluso algunas que tenían doble cristal y yo aunque era muy pequeña, era consciente del grosor de aquellos cristales y todo el mundo me preguntaba que si estaban rotas y yo me aprendí la respuesta a la puñetera pregunta:

-No, es que son bifocales. La parte de arriba es para ver de lejos y la de abajo para ver de cerca.

Y ya me dejaban en paz. Resulta que cuando uno tiene un ojo insubordinado y que va a contracorriente, al final uno también es un poco así, como el ojo rebelde. Y ese ojo rebelde hace que aún siendo uno un mocoso sea consciente de que no puede estar por ahí. Y yo luché mucho cuando era niña junto con mis padres y los médicos guapos, para que no me tuvieran que llevar a Lourdes como decía mi yayo para curarme el ojo. Y así fue, el estrabismo me dejó tranquila y lo recuerdo con nostalgia de mi niñez, no para que vuelva que no lo quiero, sino por lo constante y aplicada que fui. Y también decir que si Alain Afflelou hubiera estado en mi época, se hubiera forrado conmigo, porque unas cuantas gafas sí que se me cayeron.