Ensayo sobre el estrabismo

Llevar gafas marca y el que diga lo contrario, miente. Llevar gafas marca una vida, ya que en el colegio, la palabra “Cuatro-ojos” sobrevuela tu persona alguna vez que otra. O como cuando uno mira las fotos antiguas se puede dar cuenta de la moda gafal, que aunque ahora se lleven las gafas antiguas, nunca serán tan horribles como las que se llevaban por entonces. Unas gafas redondas enormes que te tapaban media cara infantil, y qué decir si encima el flash te había tapado un ojo porque el cristal atrapó todo el fogonazo, entonces sí que es una mierda de foto. Porque ahí, ya no estás tú, ahí está el “Ostras, el/la gafotas qué horror, ¿quién era?” y tú respondes: “Yo…” y luego piensas, “Maldito momento que me puse a enseñar fotos”.

El caso es que llevar gafas marca, pero marca más toda una infancia y tu persona, cuando se tiene estrabismo. Venga sí, eso que todo el mundo conoce como “bizco”. No hay cosa más antiestética que sufrir estrabismo. Por suerte, yo solo sufrí estrabismo en un ojo y mi ojo me bailaba hacia dentro, hacía la nariz. En esa etapa de mi vida cuando el estrabismo se cebaba conmigo cuando era un bebé, las fotos resultan graciosas. Pero los días de llevar un parche en el ojo más las gafotas, esos días solos los he sufrido yo. Gracias a los médicos de la clínica a la que me llevaron mis padres desde pequeña, no tuve que pasar por cirugía láser y controlé el estrabismo, hasta tal punto de que nadie me lo nota. Y eso fue a base de muchos viajes, muchas consultas, muchas gafas raras de distintos colores, etc, etc.

A la clínica a la que yo iba, había unos médicos que parecían sacados de “Anatomía de Grey” de lo guapos que eran. Resulta que me sentaban en el sillón enorme negro de cuero y me acercaban una luz de estas para mirarme el ojo, luego me hacían mirar a un palito de madera delante de su cara y me decían, “A ver, sigue el palito” y yo os juro que quería seguir el palito de madera con mis delicados ojos, pero es que eran tan guapos que yo lo que quería era verlos a ellos detrás del palito y claro, con mis ojos rebeldes, el médico pensaría que no se me curaría el estrabismo nunca.

En fin, mis historias con los oculistas. La cosa es que el estrabismo también me ha hecho ser quién soy hoy, evidentemente. Aún conservo mis primeras gafas rosas que me pusieron con dos o tres años. Incluso algunas que tenían doble cristal y yo aunque era muy pequeña, era consciente del grosor de aquellos cristales y todo el mundo me preguntaba que si estaban rotas y yo me aprendí la respuesta a la puñetera pregunta:

-No, es que son bifocales. La parte de arriba es para ver de lejos y la de abajo para ver de cerca.

Y ya me dejaban en paz. Resulta que cuando uno tiene un ojo insubordinado y que va a contracorriente, al final uno también es un poco así, como el ojo rebelde. Y ese ojo rebelde hace que aún siendo uno un mocoso sea consciente de que no puede estar por ahí. Y yo luché mucho cuando era niña junto con mis padres y los médicos guapos, para que no me tuvieran que llevar a Lourdes como decía mi yayo para curarme el ojo. Y así fue, el estrabismo me dejó tranquila y lo recuerdo con nostalgia de mi niñez, no para que vuelva que no lo quiero, sino por lo constante y aplicada que fui. Y también decir que si Alain Afflelou hubiera estado en mi época, se hubiera forrado conmigo, porque unas cuantas gafas sí que se me cayeron.

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4 thoughts on “Ensayo sobre el estrabismo

  1. Bruce noviembre 23, 2011 / 11:08 am

    jajajaja, que arte… la erotica del poder de los oculistas con sus batas blancas…

  2. elkja noviembre 23, 2011 / 6:03 pm

    Grandísimo y divertido ensayo. Y es que llevar gafas también te convierte en una persona con un aura de intelectualidad y cultura, y si no… ¿cuántos canis has visto con gafas??

  3. Alberto diciembre 5, 2011 / 3:44 pm

    A mi me encantan las gafotas!

  4. Nihilista diciembre 10, 2011 / 12:15 pm

    Seguro que muchos de los que se metían contigo ahora llevan gafas para ir de “alternativos”. 😛

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