Olvidar los tuppers, c´est pas possible?

Van a hacer ya dos años de mi andadura por la infernal capital a la que no me acostumbro y a esta ciudad contaminada tanto de gente como su aire amarillo y grisáceo. Supongo que no termino de acostumbrarme porque me ha tocado vivirla en la peor época posible conocida de estos 25 años míos de existencia. Entonces es cuando me pongo melancólica y me recuerdo hablando con mi madre, diciéndole “Me quiero ir de este pueblo…me quiero ir, me quiero ir…”
No es que ahora quiera volver, pero me gustaría deshacerme del metro, del autobús. Volver a ver las distancias pequeñas en las que tu tiempo vital es oro y preciado. Y sobre todo, me encantaría deshacerme del “tupper”. No quiero más “tuppers”, no quiero más comida con sabor a plástico, no quiero comida descongelada y es que no me da la gana de volver a comer más en ese envase blanco que lo pones en el microondas, que no hombre, que no. Que no sabe igual la comida recién hecha de tu casa, servida directamente de la olla, la cazuela y la sartén. Que me sabe insípida este sinsabor gastronómico, el “tupper” es el fiel reflejo de una sociedad construida con prisas, con falta de tiempo para todo. Es el icono de una generación que lleva traje al trabajo y se anudan una servilleta al cuello, con miedo a mancharse la corbata. Hacer colas para usar los microondas…Mientras ves a tu comida en el plato, un plato que tampoco es tuyo. Con cubiertos de plástico, qué tristeza más grande. Es entonces, cuando estoy sirviendo la comida un fin de semana, cuando aprecio, ese momento de simbiosis, entre la vitroceramica de mi mini-cocina y la mesa del salón y pongo la mesa, como buen ritual que es, saco el pan y me pongo a degustar lo que sea, con la tranquilidad de quién no tiene un correo electrónico abarrotado de e-mails exigiendo cosas, ni teléfonos que responder, ni gente a la que atender. Eres tú en frente del plato y tu cuchara o tenedor en tu mano. Y la vida parece otra cosa, más si de postre tienes una “Mousse de chocolate”. Porque no es tan difícil caer en las pequeñas cosas diarias, si realmente quieres apreciarlas.
Como el eco de una risotada natural, como el sol de primera hora de la mañana entrando tímidamente por la ventana. El silencio de los momentos de complicidad entre tú y el terrible recuerdo de que la sociedad te atrapara en cuanto salgas por la puerta.

¿Qué es el éxito?

Hoy me he levantado transcendental y como siempre suelo divagar en mis idas y venidas del trabajo, se me ha pasado esta pregunta ¿cuál es el éxito en la vida?

¿Tener un trabajo?, ¿ganar mucho dinero?, ¿tener un buen trabajo y que te guste en el que ganes mucho dinero?, ¿tener una pareja que te quiera?, ¿tener una pareja que te quiera, mucho dinero y un buen trabajo?

Parece que esta sociedad también nos arrolla con el pensamiento de que la felicidad y el éxito pleno es cuando reúnes esos requisitos,  un buen trabajo, un buen sueldo y una persona a tu lado.

Resulta que lo que se considera el éxito del siglo XXI, se reduce a un canon muy estricto. Tener una buena casa, un buen coche, un buen trabajo que te permita viajar, tener una familia y ya está. Se acabó.  Me recuerda al modelo de las películas americanas, es como una realidad somera y superficial de lo que es la vida. Y no crítico a nadie que quiera tener esas cosas en la vida para ser feliz y para decir que ha logrado el éxito pleno. Pero para mí, hay un cierto velo oscuro que me hace pensar que no somos libres socialmente y que desde pequeños nos conducen a tener ese tipo de vida que nos dará la felicidad y el “éxito” personal, profesional y amoroso.

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Entonces es cuando reflexiono y creo que si todos los seres humanos nos dedicamos toda una vida a luchar por este patrón de vida “perfecta” y materialista. Al final lo único que se consigue es ser un auténtico zombie que no sabe elegir o qué elegir. Por ejemplo, la sociedad crítica a aquellas mujeres que no quieren ser madres y las tachan de egoístas o tachan de hedonistas a aquellas personas que se gastan todo su dinero en viajar y llevar una vida placentera, y luego también, a las personas que viven para los demás y sacrifican su vida por otras cuestiones ya sean religiosas o humanitarias, se les conocen como seres raros pero con coraje, porque alguna vez habremos oído eso de “A mí también me gustaría ayudar, qué valiente quienes lo hacen, pero están locos a renunciar a toda su vida, a una cama firme y a un váter limpio.”

Así que realmente creo firmemente en eso que he leído hace poco, necesitaríamos un “reset” un reinicio, un ver hacia donde vemos y que podemos hacer por el planeta, por nuestra civilización, por nuestras culturas, por la vida. A veces, me da la sensación que vamos por el mismo camino, todos juntos, cegados por la ambición de ser como todos de conseguir los mismos objetivos. No hay variedad, no hay alternativa, incluso ni para mí, aunque intente describir otras vías.

Quizás haya otro rumbo y aún no lo hemos descubierto, o lo mismo resulta que mañana me levanto con la idea de que mi mayor éxito en la vida será tener un playa privada o mi éxito serán los éxitos de mis hijos o llegar a la luna. 

Tal vez se esconda tras una simple sonrisa…

Born to be wild

¿Qué es la vida si no más que un espacio de tiempo intercalado con sonrisas y desengaños?, ¿qué es la vida?, si tengo que pedir permiso para poder vivir, inconsciente, pero pidiendo permisos. A los gobiernos, empresas, vendedores, redes sociales, etc.

El anonimato es un lujo en estos tiempos y la soledad un tremendo castigo, pero la soledad lo fue siempre desde tiempos inmemorables. Ahora, tan solo ahora, se grita un Carpe Diem discreto, porque Carpe Diem, no es más que una terrible utopía. Porque vamos de un lado a otro, aguantando cosas que no nos gusta hacer, haciendo sacrificios para que al caer la noche, uno se pregunte ¿qué hice hoy con lo que haya disfrutado?

Y no es que la vida tenga que ser puro hedonismo, pero estos tiempos que nos asolan, nos hacen ser más pesimistas, más insolidarios, menos altruistas y poco simpáticos. Porque los horarios nos atan a crueles rutinas horribles que nos llevan a una oficina donde se respira un humo insano y poco productivo. Y tu jefe te espera pensando que tú tampoco tienes vida y te ancla a esa silla que no sabe de ergonomía. Que te va produciendo un dolor en la espalda, y lo que realmente llevas a cuestas, es tu propia tristeza y melancolía, de que cualquier pasado salvaje hubiera sido mejor. Porque las únicas necesidades por cubrir serían las fisiológicas y las físicas, cazar, pescar, dormir y demás. Compartir una sonrisa con otro ser humano en una colina, admirando el horizonte, un horizonte sin manchas de contaminación en la troposfera. Un horizonte que depararía un nuevo amanecer dispuesto a convertir una vida baldía en una existencia animal, natural. Pero aquí seguimos, cargándonos ecosistemas, siendo cada vez más controlados, autocontrolados por nosotros mismos, con etiquetas de quién somos y qué nos gusta. Como si eso fuera la verdadera naturaleza del ser humano, un ser humano que anda como animal doblegado a depredadores que no saben de valores. Como animales con collar, pero un collar que no se toca, que no se puede ver.

No quiero influencias, no quiero controles, no quiero una manipulación mental y de comportamiento, no quiero que me dicten que pensar y no poder opinar por miedo. Porque es con el miedo con lo que nos hacen caer de rodillas. Y si se levanta la voz, tumbaríamos las barreras existentes, esas que como nuestros bozales están y no podemos ver…

Quiero ser libre y encontrar la verdad allá donde se encuentre. No quiero mentiras, ni historias, ni discursos envenenados, no quiero lemas prefabricados, no quiero intereses mal invertidos, ni números y claves que no me llevan a ningún lado, cuando mi verdadera libertad es solo la que el ser humano ha ido perdiendo día tras día.

No somos eternos

No somos eternos…
Una gran frase tan cierta como aquella que dice “La muerte nos da toda una vida de ventaja” o algo así. Y el caso, que en estos tiempos que vivimos, entre ataques internacionales, crisis económicas, sociales, mentales, radioactividad de centrales nucleares y fenomenos naturales letales a La Tierra, uno se plantea el hecho de que no, no somos eternos.

El ser humano no es inmortal ¡y menos mal!, porque si lo fueramos no tendríamos tiempo para seguir bombardeándonos ni para seguir contaminando el mundo y a las pequeñas mentes que vienen inocentes a este lugar.

No sé si los neandertales distan mucho del ser humano actual. Creo que no. Algunos incluso, no han perdido la similitud física. Y no me quiero meter a pensar en aquellos que poseen menos conocimiento e inteligencia que un ser prehistórico. Bueno, la diferencia quizás sea, que los prehistóricos aún no tenían armas de fuego y ahora cualquier mono, puede poseerla.

Triste, ¿no? El hombre es un lobo para el hombre es tan cierto como la frase que abre mi texto. Tengo una amiga que acaba de ser madre y tengo otra que pronto lo será. Yo no quiero arruinarles sus proyectos de vida, porque no soy quién, y porque si algunas valientes se atreven a tener hijos hoy en día, pues siempre es loable. Pero luego echo un vistazo al periódico, echo un vistazo a mi vida. Cinco días de sufrimiento en un trabajo que se me hace tedioso, cinco días frustrada, consolándome porque al menos tengo trabajo ante cinco millones de parados. Como si el tuerto fuera el rey en un país de ciegos. Como el gobierno solo ofrece limosnas pero no crea empleo. Como los licenciados ( y los que no) se frustan, desmotivan y se van a otros países en busca de algo mejor. Vivimos la mayoría esperando el fin de semana, con la ilusión de poder hacer vida social y estar tranquilo. Mientras el mundo sigue girando, los conflictos aumentan y las noticias están lejos de ser buenas. Porque nadie habla de los nacimientos que hay, nadie habla de las personas que mejoraron de una enfermedad, nadie habla de las historias de los valientes que luchan ante la adversidad por un mundo mejor. Y me da miedo, me da miedo que las criaturitas que vienen al mundo, se encuentren con este legado. Un legado que hemos creado nosotros. Un mundo sucio, contaminado por corrupciones, por enfermedades, por terremotos de nubes de humo que tapan cualquier atisbo de altruismo.

Y lo peor es que salvo poner un mensajito en “facebook” nadie hace nada y me incluyo. Porque mi voz no cuenta desde aquí, porque si los ministros ni siquiera tienen formación y ahí están creando disputas sin ponerse de acuerdo. Y aunque intentes hacer algo pequeñito como un acto de humanidad, las malas hierbas crecen alrededor y la pesadilla es peor.

No somos eternos. No somos eternos para seguir destruyendo esta raza violenta y animal, no somos eternos para seguir destrozando La Tierra. No somos eternos para vivir así, entre estrés, guerra y nubes tóxicas. Ya lo dijo una gran marca de refrescos, “Estamos aquí para ser felices”, pues no se nota…y en mi conciencia queda que este no sea un mundo mejor para los hijos que vienen, vendrán y están en camino, conocidos o no.

Cueste lo que cueste

Tienes diecisiete tiernos años, la cara llena de puntos negros e ilusión en ese corazón inocente. El cerebro fresco y muchas ganas de aprender entre películas de Spielberg y cds de Metallica.

Te resuena en la cabeza eso de “llegarás a hacer algo grande e importante”. Hay algo que te lo dice, lo sabes. “Eres diferente, tienes potencial”. Yes, you can!!

Llevas estudiando inglés desde los tres años en distintas academias con profesores nativos, te apuntaron al conservatorio, te apuntaron a karate. Te criaron con aquello del “Mens in sana y corpore sano”. Conoces a la perfección un ordenador, internet y demás utensilios virtuales.
Eres capaz de pronunciar ciertas palabras en francés e italiano. Alguién te dijo que cuantos más idiomas, mucho mejor.

Te dicen que elijas una carrera que te guste, pero con salidas profesionales realistas. Nada de Arqueología para intentar ser Indiana Jones, nada de biología para ser como Jacques Cousteau, algo como Empresariales, Ingeniería, algo que aunque te sacrifiques veas recompensado en un futuro, con una mesa en un despacho con ventanas y un sueldo fijo a fin de mes. Sin tener que hacer tres entrevistas, con la de recursos humanos, el subdirector financiero y después el Rey Juan Carlos I.

Te dicen que no te asustes en la entrevista, que te sepas desenvolver, que tengas habilidades comunicativas, que tengas formación académica, ganas de aprender, seas bueno trabajando en equipo, tengas los calzoncillos limpios y seas de carácter amable.

Te dicen que no pidas más que un sueldo a fin de mes, para comprarte el pan. Olvídate de tomar una cerveza con los amigos del trabajo, porque estarás en esa oficina que ya no huele a humo, porque no se puede, estarás desde las 9 de la mañana hasta posiblemente las 9 de la noche, eso sí, trabajando de forma motivadora y aprendiendo mucho. ¡Mucho!

Llevando cafés de un lado para otro, pero eso sí, sabiendo decir perfectamente, “Thanks so much, would you want something more?”

Cuando salgas de allí, lo único que se te puede venir a la cabeza, son tus discos de Metallica y cantar en la mente aquello que gritaba Freddie Mercury : “I want to break free”.

Y mirarás los bolsillos y un puñetero euro, para gastarlo en el ticket de metro y te meterás en ese tubo muy nuevo o muy viejo, con más gente de traje, que lleva dentro de sí, alguién que también escuchó a Alice Cooper, que también gritaba “Yo seré grande, yo haré algo importante”, y te tragarás todos tus sueños y todas tus ilusiones, pues estás en ese vagón hacia ninguna parte de donde solo puedes bajarte en la Próxima estación: Aquella que te lleva a una habitación alquilada que pagas con todo tu sueldo.

Pero ¿sabéis? yo, que fui una de las que cantaba en mi habitación con el pulmón en alto, yo que escribía poesías líricas y pasionales, yo que siempre he sido una inconformista, no me rendiré, a pesar de los tickets restaurant con los que nos quieren conformar, a pesar de los trabajos mal remunerados, a pesar de todo aquello que nos hace lastrarnos como personas. Yo seré de las que seguirá luchando, cueste lo que me cueste…

¿Conformarse?, ¿dejar de soñar?

Creo que uno de mis peores defectos es que soy demasiado inconformista. Hay gente que piensa que es una virtud más bien, pero solo cuando un defecto se tiene en justa medida se puede considerar virtud. En mi caso, no lo es. Este inconformismo mío me lleva a crear en mi cabeza, planes y más planes, metas y metas, que al final se convierten en sueños arraigados en mí y que al paso del tiempo veo que se escapan sin haberlos cumplido y alcanzado. Con lo que esto provoca un estado de constante búsqueda de eso que llaman “realización personal”, “felicidad” o “estado pleno”.

A veces, me duermo pensando en que tengo todo lo que necesito, que es injusto (demasiado) quejarme. Valoro todas y cada una de las pequeñas cosas y personas que me rodean. Es más, siempre he sido muy alegre porque en mí día a día siempre he sabido sacarle el jugo a casi todo y valorar. Sin embargo, ahora tardo más en dormirme, porque quiero mejorar, no quiero cosas materiales, solo querría poder realizarme en lo que desempeño, poder saber que lo que hago puede servirle a alguien o ayudarle. Creo que todo esto viene aderezado también a que mi espíritu aventurero se ve enjaulado en la rutina, aquella de la que jamás podrás escapar. Mi mayor decepción en la vida ha sido darme cuenta de que no puedo hacer de cada día nuevo, un día emocionante. Mi mayor decepción quizás sea estar madurando y acordándome de aquellos que siempre me decían que soñar era de ingenuos, románticos.

Aunque es algo incorregible en mi ser el no ir dibujando historias en mi mente, cuando voy por la calle, cuando diviso el cielo atardeciendo. Porque si perdiéramos la capacidad de emocionarnos ante la vida, ante la música, ante el arte, ante una risa, una conversación, una palabra, un regalo, un adiós, una discusión, no sé si sería capaz de resistirlo. Y como siempre dije y aunque me opongo a ser engullida por la sociedad capitalista e indiferente que me apaga, la verdad sigue siendo que fui poco automática.

De fotos, de momentos y redes sociales…

El otro día estuve mirando fotos en el ordenador. Y pensé que si se me escacharraba el ordenador, esas fotos se perderían y todo por pereza de hacerles una copia en un cd que luego vete tú a saber donde pondré o de ir a sacarlas en papel. Ya sé que es cierto que antes con las otras cámaras, había muchas fotos en las que salías haciendo muecas, con los ojos cerrados o diciendo con la mano ¡espera que no estoy!, pero aquellas tenían otro encanto. Ahora casi todo el mundo suele salir “perfecto” y alguna gente grita “foto para nombre de la red social”.

Antes llevabas la cámara sin tanta pereza a que te sacaran las fotos para verlas, porque claro, como abandonaras el carrete, podían pasar años sin ver las fotos tomadas, ahora al menos, las miras en el ordenador. Y sí, me gustan las fotos, creo que como a todo el mundo. Aunque me gusta más echar fotos que me las hagan, porque a pesar de que ya he buscado la típica pose para salir medio en condiciones, no soy excesivamente fotogénica. Y ahora con el tema de las redes sociales, todo el mundo parece que entra en una competición de quien es el que mejor sale en la foto de perfil o en el número de fotografías subidas del último fin de semana.

Y una cosa que me parece graciosa, tengo una prima que no suele contarme muchas cosas, porque está en la edad del pavo y parece que todo lo que hace es como que no le interesa a nadie y bah, tú que sabrás de la vida. Resulta que a los treinta minutos de que ella llegara a casa, comenzó a subir todas las fotos de su tarde, con lo qué me enteré de todo y encima en una secuencia perfecta de imágenes, que más que estar viendo fotos, pensé que estaba viendo una película del momento. Y no me interesaba lo que había hecho o dejaba de hacer. Pero me parecía tonto esa necesidad imperiosa de publicar absolutamente todo.

Otra de las cosas que tienen las redes sociales, es que a lo mejor una noche de sábado ha sido un auténtico rollazo, pero la gente se echa un montón de fotos, sonriendo y haciendo el gamba, (y quizás sea ese el mejor rato de la noche) y luego las suben a la red social que elijan de turno, y si tú no has estado viviendo el momento, te da la sensación de que, “fulanito de tal está de juerga en juerga y se lo pasa de puta madre” y luego es todo un espejismo de fotografías hipócritas.

Y por otro lado, mirando más fotos, me di cuenta que son recuerdos visuales de momentos especiales o a lo mejor de recuerdos cotidianos, sin más peculiaridad que una comida con tu familia. Un monumento en tu ultimo viaje o de una salida con tus amigos. Y te das cuenta que en algunas fotos hay gente que ya no está contigo, pero que quedan en la imagen. Algunos te encanta poder tener ese trocito de papel contigo para recordarlo y a otros, te planteas por qué sonríe si ahora no te mira por la calle, ni te hablas…y aquella foto entonces representa lo que fue un Carpe Diem en otros tiempos.

Y sí, yo también estoy metida en las redes sociales, he caído como una más, pero no dejo de pensar que es una especie de Matrix donde nos tienen a todos totalmente controlados. No me gusta subir fotos porque me parece absurdo, no me gusta publicar mi vida y odio lo de “hace 1 hora” que se conectó. Ya no te da ni margen para decir, “es que no lo he visto”. Y si no me salgo de las redes sociales, es porque gracias a ellas he encontrado a un montón de amigos que creí perdidos por ahí de los que siempre te gusta seguir en contacto. Y ya la gente se ahorra el sms de felicitación por tu cumple o la llamada para ver a que hora quedas y dónde…xD