El Final del Verano

Ay…31 de Agosto y hay que quitar la tirita sin pensarlo mucho. Pipi,pipi, pipi, la alarma del móvil de nuevo, 6:30. Mis ojos hinchados y un “No quiero” como si fuera una niña pequeña se planta en mi cabeza. Es la hora de volver a la rutina, volver al atasco de cada mañana, volver al trabajo, a los quehaceres, a hacer la compra de la semana, el odiado taper, pero nadie nos dice como superar este trago donde abandonamos las siestas de dos horas, la playa, las tapas y el terraceo de la noche. Nadie nos dice tómate esta pastilla que ya se te pasa. Simplemente, hay que aceptarlo. Y luego piensas “Vamos que no es tan grave, de alguna manera tienes que pagar tus gastos, ¿no?”, pero como jode la vuelta, sobre todo esta, la de después del verano.

Recuerdo que mis veranos infantiles eran larguísimos, me daba tiempo a hacer de todo, chapuzones varios en la piscina, irme de viaje, volver, pensar en como sería mi nueva clase y qué amigos nuevos haría y hasta me entraban ganas de que empezara ya el curso. Sin embargo ahora…todo es mucho más complicado. Aunque para “superar” este drama moderno, el conocido como “Sindrome Postvacacional” que dicen en las noticias, tenemos que valorar todas las cosas positivas que nos trae la rutina y una vida estable. Esto nos debe ayudar simplemente a saber organizarnos mejor y de manera saludable. Tu trabajo, tu salud, tus amigos y familia, tu pareja, etc. Gestionar de una manera más eficiente nuestro “tiempo libre” y por supuesto, dedicarnos tiempo y pequeños placeres. Tenemos que regalarnos tiempo y darnos un gustazo de vez en cuando. Y no pensar tanto en las horas que invertimos estando fuera de casa y lidiando con nuestra jornada laboral o la plancha o volver a intentar cocinar. O al menos, esto es lo que quiero pensar, positividad ante todo.

El Otoño también tiene su lado positivo y no podemos dejar que Septiembre se convierta en el nuevo Enero. Además, este Octubre seguro que es muy especial. Para mí, al menos.

Cambiar, empezar, conocer…

Siempre he sido muy inquieta y a pesar de mi juventud he conocido muchos sitios. Hace apenas dos días, he tenido la fortuna (en estos tiempos que corren) de encontrar trabajo en otra ciudad distinta a la mía. Una ciudad mucho más grande, mucho más estresante, con gente por todos lados, ruido que me atiborra los tímpanos, voy corriendo a todos lados, todo me resulta tan raro como novedoso. La rutina, ésa de la que me quejaba tanto no hace mucho en uno de mis posts, no ha aparecido todavía y voy a reconocerlo, la echo de menos en cierta forma. La rutina te puede aburrir, pero también es una especie de señal que te avisa de que lo que estás viviendo o haciendo, lo sabes hacer. Sabes llegar a tu trabajo, sabes hacer ese nuevo trabajo, las caras de tus compañeros no te parecen extrañas y recordar sus nombres no es ninguna preocupación, ni tampoco el hecho de entablar conversación con alguien que acabas de conocer y sabes volver a casa porque te conoces el camino y la calle no te resulta diferente, peligrosa ni oscura. Y te asomas por la ventana y todo te parece familiar, y te duermes echando un último vistazo a las paredes de tu habitación también familiar. Pero…ahora no, ahora todo es distinto, raro, diferente, complicado.

Y todo cambia, todo es un nuevo cruce de encrucijadas, de nuevas amistades o personas que casualmente conocen a conocidos o amigos tuyos, y entras en el pañuelo del mundo. Y es como si estuvieras en la fila del cole el primer día, solo que en vez de haberte llevado tu madre de la mano, has ido tú solito, después de treinta minutos en un bus y otros treinta en el metro.

Qué curiosa y compleja es la vida, aunque algunos digan lo contrario…Se abre otro ciclo y se cambia, se conoce y hay que volver a empezar, (otra vez).

Rutina

¡Pipipí, pipipí!, quizás sea el sonido que más odio del día. El del despertador. Me recuerda que tengo que levantarme, asearme, despegar el vuelo de un día nuevo y confieso que me levanto de golpe cada mañana, para que mi cama no vuelva a atraparme. Siempre me acuesto mañana, nunca me acuesto siendo el mismo día, por lo que, mis horas de sueño son realmente pocas. No padezco insomnio. El hecho de que no duerma mucho, tiene un nombre, pero no lo desvelaré.

Todas las mañanas, compro el billete para ir al trabajo, una hora y pico de autobús, de desesperante viaje eterno, siempre el mismo paisaje. Y llego a la oficina, las mismas caras de siempre. El mismo entorno, las mismas preguntas, el mismo sonido del teléfono con dudas contestables, con titubeos que no saben que es lo que iban a preguntar…

Y de nuevo, otra hora y media de autobús, el mismo paisaje, el mismo medio de transporte, los mismos viajeros diarios. Y regreso a mi rincón virtual, donde intento evadirme de la rutina que me acompaña desde hace ya largos meses, de la cual no puedo deshacerme. Esa que se ha convertido en fiel compañera, y de la cual, me advierten los mayores, que se instaurará de nuevo, en otro lugar, allá donde vaya, siempre aparecerá, con otra cara, otro olor, otro paisaje.

Y sin embargo, creo que no echaré de menos esta, que se aferra a mí cual sanguijuela, taladra mis sueños y atrapa mi energía, porque vivo el mismo día a día, quemando horas de tiempo sin saber si deparará algo sano. Cultivo mis pensamientos y dibujo mis metas, no la dejo que las ensucie. No, a ella, no.

Amigos, hay días genosos, hoy es uno de ellos. No sé que significa genoso, pero desde que lo oí, he intentado expandir el término. Lo que decía, hoy es un día genoso, me he dado cuenta de que lo que ansío, parece que no llega. Hoy mi reflejo tenía amargura en los ojos y tenía un aspecto como el día, genoso.

Genoso, todo me parece genoso…

El sol saldrá mañana sumido en su rutina, y espero que la sensación que me tiene hoy desconsolada, se vaya por donde vino. Y si la rutina quiere acabar conmigo, que sepa que solo hoy, porque mañana será otro día…