¿Te gusta conducir? Historias cotidianas al volante

Escribo esto no sé con qué finalidad si quiera. Ayer le decía a una amiga, que quería fundar el club “Mujeres que lo pasan mal maniobrando al volante”. Sí, voy a hablar de la experiencia de conducir. Ese acto que hace todo el mundo, esa acción que se repite todos los días, a todas horas, sobre todo si vives en una ciudad grande. Esas carreteras abarrotadas de coches con sus luces, que cuando estás en caravana y ves tal poderío luminístico solo puedes más que acordarte de estar en la atracción de los coches de choque en la feria de tu pueblo, pero “Camela” no está sonando.

Para empezar, que cuando estuve en Estados Unidos, todas las carreteras eran rectas y uno se sentía como “Easy Rider” al volante y el coche encima era automático y uno no tenía nada más que pisar el acelerador y de vez en cuando eso llamado freno. No había embrague, y yo no lo eché de menos en ningún momento. No había momentos de sudor frío en la frente de estar en una cuesta y estar jugándote la vida de tu coche y del de atrás, por estar bailando con los pies en los pedales, no, esa sensación no existía.

Las rotondas, las queridas rotondas, en mi camino diario, hago como quince rotondas. Y he llegado a la conclusión, que yo no soy la culpable, que no soy yo la que no sabe hacer una rotonda, sino que a la gente experimentada conductora se pasa por los h** *s como se hace una rotonda y se piensan que es un cruce y encima te pitan.

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Las incorporaciones son otra de las cosas que me dan pánico nuclear, estás ahí acelerando como una posesa, pensando que embrague, acelerador y meter la marcha con la palanca de poder y mirando por el retrovisor, indicando con el intermitente y pasan veinte camiones y los focos del coche de detrás te miran como diciendo, “Vamos inútil, tírale” y te metes en el otro carril y suspiras y dices, “Misión cumplida” y ya te quedas en tu carril a 100 que vas a la velocidad de la vía y ves como todos van como si fueran fórmula1 como si tuvieran una prisa tremenda, da igual la puñetera hora que sea.

Conducir estresa, o a mí me estresa, lo que me gusta es la sensación de libertad e independencia, que los tiempos te los marcas tú y pasas del transporte público, tu coche no huele a sobaco, y no hay ruido de mil millones de personas. ¡Oh, grandísima libertad! Pero eso sí, siempre que conduzco parece que me estoy quitando de encima, mi circuito personal, para mí es como mi Montmeló, sin ser yo Fernando Alonso. No sabes que se le va a cruzar por la mente al coche de atrás, al de al lado o al de delante y eso es lo peor, anticiparte a la esquizofrenia al volante que sufren muchas personas, que tú estás indicando que te incorporas a otro carril porque tienes un obstáculo y el de atrás acelera y se te cruza, ¿por qué?, ¿por qué hacéis eso? Es que la gente no es consciente de que un coche también es un objeto peligroso, la gente no es consciente de que hay gente que no es tan hábil al volante y que le tiene respeto. Pues no, la gente no es consciente…

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Aparcar, aparcar es otro episodio, yo quiero aparcar mi coche que es un barco en una plaza estrechísima con dos coches a los lados, entrando por el lado que más me dificulta esta maniobra. Y claro, yo ayer más que llevar mi coche, me sentía que iba llevando un paso de Semana Santa, casi llamo a veinte costaleros para sacar el coche de ahí. Mi coche tiene el culo como Jennifer Lopez y no es fácil (para mí, por ahora)  domarlo y mucho menos con las ideas de bombero retirado que tengo.

Me doy cuenta que con el conducir estoy reviviendo mis frustraciones de cuando estudiaba matemáticas en el colegio, yo no tengo inteligencia espacial, yo no sé si entro en ese hueco, yo no escucho el motor, “¿No ves que te pide la otra marcha?” –Pues no, estoy sorda. “Pero, ¿no ves que el de delante no ha señalizado y sin embargo se quiere meter al Carrefour? – No, no lo veo porque no ha indicado y de repente, te ves con tu copiloto experimentado que te corrige tres mil veces y la conversación empieza a subirse de decibelios y te bajas del coche y no quieres volver a hablar en la vida con esa persona que se cree instructor de autoescuela y te va diciendo: – Gira, no, marcha atrás, al otro lado, gira. Acelera, dale alegría, frena, acelera, cuidado, acelera, intermitente, frena, frena, FRENA.

¡Por dios! Si aprobé el carnet es porque alguien pensó que estaba capacitada y sentarse en un asiento y llevar tú la máquina es una responsabilidad pero una persona al lado corrigiendo cada movimiento que haces. “¿Estás respirando?, ¿por qué has encendido la radio así?”, ¡Basta!, lo único que hacen esos comentarios es desmotivar, desmoralizar y poner nervioso.

En fin, sé que lo superaré con el tiempo, aunque nunca creo que adore conducir. No, esa marca de coches que dice algo así cómo te gusta conducir, nunca tendrá un cliente conmigo. Y es que uno de los temas que más odio es hablar es de coches, de motores y esas cosas automovilísticas. Y yo flipo en colores cuando todo el mundo conduce y son genios al volante, si todo el mundo lo hace ¿por qué yo no?

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P.D Este texto lo escribí hace un mes y pico, llevaba 2 semanas conduciendo. He de decir que ya me siento una más en la Jungla salvaje de atascos, rotondas y asfalto. Ahora mismo me estoy poniendo mis gafas de sol y montando en el coche…Conducir es como la primera vuelta que hay que darle a la tortilla de patatas cuando eres un novato, estás de los nervios, todo el mundo hace tortillas de patatas y nadie le da importancia, conducir es igual, práctica, respeto y tiempo al tiempo…

Motor de 300 coches y 3000 estrellas

Había sido un camino largo, lleno de baches y obstáculos. La carretera le daba tregua para no aferrarse tanto al volante y podía contemplar por unos segundos efímeros el paisaje que parecía eterno. Sonreía, mientras ese pequeño momento surgía. Pero de nuevo, un frenazo, y otro, y otro. Una curva a la derecha y otra torpe a la izquierda, sin poder alcanzar los pedales, ni manejar con habilidad el coche.

Podía observar a través del cristal, un destino incierto, se había chocado contra un muro. Sin poder corregir la dirección y ahora, con el viento soplándole en la nuca y el sudor en la frente, veía como iba directa a un precipicio. Podía mover el volante, podía pisar el freno. Podía elegir, tenía alternativas para salir de aquel sitio. Sin embargo, allí estaba el vacío: su destino baldío. Un precipicio a ninguna parte, después de haber recorrido un largo y dificultoso camino, donde la esperanza siempre fue el motor y la perseverancia, su copiloto.

En un momento todo se hizo trizas. Fin de trayecto. Las maletas disparadas, escupiendo sueños. El volante rozando el cielo. El capó abollado y las ruedas pinchadas. Y todo reventó, todo saltó por los aires. Y solo había fuego y cenizas, y un intenso olor a decepción…

Y su recuerdo sobrevivió, y todos los amaneceres, recobraba su forma humana, cuando tenía un cuerpo con el que poder construir unas metas. Cuando soñaba con un viaje largo e intenso y ningún destino. Cuando la juventud colmaba sus mejillas de pasiones indomables e inconsciencia desbocada. Cuando la cabeza aún no era guiada por la razón y el corazón era su mejor guía de viaje. Cuando todo parecía alcanzable y lo inalcanzable podía rozarse con la ilusión. Porque toda imprudencia al volante, en aquel coche inexistente podía hacerse realidad, porque la gasolina salía barata, porque los viajes no se medían en kilómetros, se contabilizaba en recuerdos y experiencias. Aumentando el espíritu aventurero, aquel que la hacía obstinada y cabezota, aquel espíritu que siempre la había impulsado a seguir luchando, hacia rutas desconocidas y poco certeras. Donde podía perderse y volver a encontrarse. Donde siempre, el trayecto, había sido todo un regalo y todo porque parecía rozarlo, con manos infantiles. Y ojos almendrados y soñadores, que la hacían parecer ingenua. Y si embargo, nunca decidió aparcar su lucha, ni siquiera frenar cuando sabía que era todo un acto kamikaze. Porque el riesgo era alentador, y entonces, sin darse cuenta, aceleraba. Y la velocidad, la traicionaba hábilmente, alejándola de la meta.

Y al saltar por aquel precipicio, se dio cuenta, que jamás posaría sus manos de la misma forma en el volante…y supo que toda esa energía agotada, si hubiera sido recogida, habría sido motor de trescientos coches y tres mil estrellas.