A cada decepción le llega su olvido

El otro día, recibí una llamada de una amiga de la que hacía mucho tiempo que no sabía y me estuvo poniendo al día de como le iban las cosas. No parecía irle muy bien, pero en ningún momento se vino abajo, sino que simplemente de manera muy optimista concluyó a todos sus pesares actuales: “Ya saldrá otra cosa, a seguir buscando y que le den torta”. Y a mí esa actitud me gusta. Yo soy de las que piensa que mientras que tengamos salud, lo demás puede solucionarse. No quiere decir con esto que suframos por cosas del día, nos frustremos o nos decepcionemos. Citando a Ortega  Y Gasset “Yo soy yo y mis circunstancias”. Quizás hablo ahora mismo desde una zona de confort (famosas palabras últimamente, muy trendy) un trabajo, una pareja estable, una vivienda, mis hobbies, necesidades básicas cubiertas y otras no necesarias que completan esa pirámide de la tan ansiada Felicidad. ¿Qué es felicidad para cada uno? pues eso os lo dejo para autoreflexión propia.

No me gusta ver sufrir a la gente y menos por cosas que no merecen la pena. No me gusta ver sufrir en especial a la gente que quiero. No me gusta verles sufrir por acciones o palabras de otros. Sinceramente, las apariencias engañan y a veces, las palabras pueden ser armas muy peliagudas que llegan directamente a donde más duele. Creo que una de las cosas que más duele en esta vida a nivel personal es la decepción.

La decepción suele venir envuelta en algo que no te esperas y que no te esperas de alguien, porque tú tienes otra imagen de esa persona y te pilla con la guardia baja. La decepción no llama a la puerta, llega como un jarro de agua fría y a veces, nos dibuja una cara de tonto evidente a los demás y luego aparecen las preguntas mentales: ¿Y esto?, ¿por qué?, ¿habrá pasado algo? , ¿qué habré hecho mal? La decepción también suele dejarte sin las palabras adecuadas para poder contestar en ese mismo instante, pero es precisamente porque aparece sin que la esperes, que no sabes como actuar. La decepción juega de la mano con la culpabilidad y luego,  se pasa de la tristeza que poco a poco provoca la rabia, (tenía que haberle dicho esto, y luego recordarle esto otro y será el tio/ la tia inserte aquí adjetivo…) y después, te serenas y piensas, pues ya está: Vaya tela.

El día después de la decepción, te deja una especie de resaca y luego, vas resurgiendo. Como un catarro, sabes que ya se curará y también sabes que en esta vida, hay gente que se une en tu camino y otros a los que sencillamente hay que dejar caer. Lo bueno de la decepción es que como todas las cosas del estilo, si te repones, aparece eso de que: lo que no te mata, te hace más fuerte. Hay que poner a las personas en su sitio y saber quién es cada uno, y no pasar ni un segundo de esta vida después pensando en ellos, porque nuestro tiempo es oro y la vida son dos días. Una vez un amigo me dijo: “¿Te acordarías de unas lentejas que te han sentado mal? ¿No, verdad? Pues ya está”

 

¡A vivir! Hakuna Matata.

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