La trágica historia de Antonio Calvo y el silencio de Princeton

El otro día pude ver un documental sobre el trágico final de la vida del profesor de español en Princeton, Antonio Calvo. No conocía su historia, no me había enterado de lo que le había ocurrido a este filólogo de Hispánicas.

Según contaba el reportaje, Antonio procedía de una humilde familia de León. Había estudiado Filología Hispánica y tras una vida dedicada a una vocación, la enseñanza y su esfuerzo, consiguió encontrar un lugar en el “Olimpo de los dioses” de la educación, era profesor de español en la Universidad de Princeton, ni más ni menos.

Antonio, era querido por todos sus alumnos y gracias a su carácter carismático, supo como transmitir el amor por los idiomas, en su caso, el amor por el español. Precisamente hoy se celebra el día de nuestro idioma. Un idioma que se ve relegado en muchas ocasiones por la lengua que nos impone este mundo globalizado a estudiar, el inglés. El caso es que Antonio fue un gran embajador de nuestro idioma, no solo se dedicaba a enseñar, sino que su carácter vanguardista y pasional, le hizo ganarse muchos amigos y como suele pasar, enemigos ocultos en las sombras.

La historia de este profesor termina de forma trágica en su apartamento, cuando se suicida de forma brutal, al ser despedido de la Universidad donde ejercía. Acusado de acoso sexual al mandarle un e-mail a un compañero de departamento, con este mensaje en español: “Deja de tocarte los huevos y ponte a trabajar”. Con esa frase que cualquier hispanohablante sabe de sobra que de acuso sexual no tiene nada, fue despedido cruelmente, prohibiéndole dar su última clase a sus alumnos. Con una carta de despido donde menospreciaban su trabajo y le dejaban sin opción ninguna para trabajar en otra universidad estadounidense, quitándole también con ello, el visado y robándole con todo esto, su vida profesional, quitándole el sueño de todo profesor. Trabajar en las mejores universidades (supuestamente) del mundo.

Antonio Calvo era comparado con el personaje de Robin Williams en la película de “El club de los poetas muertos”. Era profesor de español, pero también motivaba a sus alumnos, también se interesaba por la vida de sus estudiantes y los animaba a ser mejores no solo aprendiendo un idioma, sino como personas. Eso es ser un buen profesor, aquel que se desvive por esa vocación docente, por la pasión por la enseñanza y la materia. Un buen profesor es aquel que en su rostro y su forma de explicar su asignatura es capaz de pasar del oído del alumno, para llegar a activar la motivación por aprender y de comprender lo que se explica. Y Antonio era de esos pocos profesores de verdad y de corazón.

Soy filóloga inglesa, me encanta los idiomas, la literatura y las formas de comunicarse que tienen los seres humanos, pero siempre he dicho que lo que más me gusta, son las humanidades. Me impactó muchísimo su historia y como terminó con su vida. Como “los dioses oscuros” de Princeton devolvieron a Antonio a ser un mortal más, hasta robarle sus sueños, su vida y separarlo de sus alumnos. Muchos dirán que podría haber sido un profesor en cualquier otro país o hacer otra cosa. El suicidio no era la salida. Ojala no lo hubiera sido para Antonio. Pero cuando te privan de tus sueños, de lo que te ha costado sangre, sudor y lágrimas, cuando te entregas a una tarea, como es la de enseñar y todo lo que ello conlleva y simplemente, por ser uno de esos seres especiales que comunican y enseñan de corazón, te aplastan, hasta hundirte. Las tinieblas te llegan ante la impotencia e injusticia. Por todo esto, la muerte de Antonio Calvo me impactó.

Todos hemos tenidos muchos profesores y maestros a lo largo de nuestras vidas. Creo que soy capaz de recordar a todos los que han pasado por mi vida. Los malos profesores (que los he tenido) en especial a uno que me hizo la vida imposible y solo me dio una lección: no ser como él. Y tengo otros en la memoria, uno del que aprendí casi todo mi inglés, porque era un gran profesional. Otra profesora de Lengua española, que no solo nos inculcó el amor por nuestro idioma, sino saber tener una mirada objetiva con la vida. Un profesor de religión que fue tolerante conmigo y nunca quiso imponerme sus creencias, ni me juzgó, ni suspendió porque yo fuera libre para opinar sobre mi fe. Y otro profesor de la universidad, que fue alumno como yo, que no se olvidó de lo que es estar sentado en un pupitre y que se desvivía todos los días en clase, por enseñarnos lo mejor posible. A todos ellos, gracias, porque me enseñaron y son parte de mi vida y supieron exigirme, supieron transmitirme grandes valores y la pasión por el aprendizaje.

Antonio Calvo fue un profesor de los de verdad, Princeton en su último acto de graduación, no fue capaz de dedicarle ni una sola palabra de reconocimiento a unos de sus profesores, no fue capaz de apreciar el trabajo de este docente, ni una despedida, ni un misero adiós. Se merecía mucho más que un cuchillo en su pecho. Y seguramente, no fue el objeto afilado el que destruyó a Antonio, sino el cuchillo hipócrita y malvado de los que confabulaban en su contra y quisieron, quitar de en medio, a un comunicador, un luchador, soñador y comprometido profesor. Eso mató a Antonio. Sus alumnos movidos por la impotencia, no le olvidan y reclaman explicaciones a la institución universitaria.

A los supuestos emperadores de la educación, no les tengo ningún respeto. Para Antonio Calvo, fueron mis lágrimas y la ilusión de que algún día sus alumnos, consigan desenmascarar al culpable y consigan de Princeton una palabra para su profesor.

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One thought on “La trágica historia de Antonio Calvo y el silencio de Princeton

  1. Bruce junio 20, 2011 / 7:18 am

    Las universidades americanas estan mas que sobrevaloradas. He estado trabajando unos meses en Boston, he visto el MIT y Harvard. Transpiran un aire de superioridad pero su fuerza se basa en la mayoria de estudiantes no americanos. Y ese aire trae estas tempestades.

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