Motor de 300 coches y 3000 estrellas

Había sido un camino largo, lleno de baches y obstáculos. La carretera le daba tregua para no aferrarse tanto al volante y podía contemplar por unos segundos efímeros el paisaje que parecía eterno. Sonreía, mientras ese pequeño momento surgía. Pero de nuevo, un frenazo, y otro, y otro. Una curva a la derecha y otra torpe a la izquierda, sin poder alcanzar los pedales, ni manejar con habilidad el coche.

Podía observar a través del cristal, un destino incierto, se había chocado contra un muro. Sin poder corregir la dirección y ahora, con el viento soplándole en la nuca y el sudor en la frente, veía como iba directa a un precipicio. Podía mover el volante, podía pisar el freno. Podía elegir, tenía alternativas para salir de aquel sitio. Sin embargo, allí estaba el vacío: su destino baldío. Un precipicio a ninguna parte, después de haber recorrido un largo y dificultoso camino, donde la esperanza siempre fue el motor y la perseverancia, su copiloto.

En un momento todo se hizo trizas. Fin de trayecto. Las maletas disparadas, escupiendo sueños. El volante rozando el cielo. El capó abollado y las ruedas pinchadas. Y todo reventó, todo saltó por los aires. Y solo había fuego y cenizas, y un intenso olor a decepción…

Y su recuerdo sobrevivió, y todos los amaneceres, recobraba su forma humana, cuando tenía un cuerpo con el que poder construir unas metas. Cuando soñaba con un viaje largo e intenso y ningún destino. Cuando la juventud colmaba sus mejillas de pasiones indomables e inconsciencia desbocada. Cuando la cabeza aún no era guiada por la razón y el corazón era su mejor guía de viaje. Cuando todo parecía alcanzable y lo inalcanzable podía rozarse con la ilusión. Porque toda imprudencia al volante, en aquel coche inexistente podía hacerse realidad, porque la gasolina salía barata, porque los viajes no se medían en kilómetros, se contabilizaba en recuerdos y experiencias. Aumentando el espíritu aventurero, aquel que la hacía obstinada y cabezota, aquel espíritu que siempre la había impulsado a seguir luchando, hacia rutas desconocidas y poco certeras. Donde podía perderse y volver a encontrarse. Donde siempre, el trayecto, había sido todo un regalo y todo porque parecía rozarlo, con manos infantiles. Y ojos almendrados y soñadores, que la hacían parecer ingenua. Y si embargo, nunca decidió aparcar su lucha, ni siquiera frenar cuando sabía que era todo un acto kamikaze. Porque el riesgo era alentador, y entonces, sin darse cuenta, aceleraba. Y la velocidad, la traicionaba hábilmente, alejándola de la meta.

Y al saltar por aquel precipicio, se dio cuenta, que jamás posaría sus manos de la misma forma en el volante…y supo que toda esa energía agotada, si hubiera sido recogida, habría sido motor de trescientos coches y tres mil estrellas.

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2 thoughts on “Motor de 300 coches y 3000 estrellas

  1. Pedro Pablo marzo 5, 2010 / 9:38 am

    muy buen cierre del relato, ¿Cómo ponerle freno a los sueños que se escapan?, la fotografía de un instante consciente, sublime y fatal

  2. elkja marzo 10, 2010 / 11:56 pm

    Este texto te refleja bastante… si hay algo que te identifica son tus ganas de volar, de viajar, de construir tus metas, de que siempre hay algún viaje cuya ruta diseñaste en tus sueños y que quieras alcanzar… aunque sea hacia rutas lejanas

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