LLovía

La lluvia es una precipitación de agua en forma de gotas. A veces, esas gotas son señales que hay que saber comprender.

Llovía.

Mi cara aplastada contra el cristal del coche, viendo cómo una gota corría engullendo a otras. ¡Qué curioso! Me recordó a la forma de vivir que tienen los depredadores. Seres que se alimentan de otros, otros que encuentran a su paso. Así era aquella gota. Me encontraba totalmente embobada admirando aquel absurdo. Apenas distinguía el paisaje que se extendía fuera del coche. Seguía contemplando la ventanilla salpicada por las gotas que el viento lanzaba contra el frío cristal. La musiquilla de fondo avivaba mi corazón y, de repente, cómo si alguna fuerza extraña me hubiese atrapado, salí del coche. Y volé.

Extendí los brazos y volaba, volaba sin prisa, volaba cómo si estuviera soñando. ¿Para qué ser consciente de que volaba en un lugar onírico? Sólo quería disfrutar de aquella sensación.

Por encima de los árboles, las gotas salpicaban mi cara y una sensación de libertad embriagaba mi alma. Cada poro de mi piel estaba comenzando a dejar paso a una fiera sensación de angustia. Angustia producida por una sensación de libertad extrema. Grité. Por debajo de mis pies veía árboles y tierra. Despegué mi vuelo y sólo podía volver a contemplar el cielo gris, descargando sobre mí enormes gotas que, más que hacerme daño, me producían un placer asombroso al sentirme libre por una sola vez.

La sensación de velocidad, más que miedo, estaba activando una mezcla de aceleración en mi cuerpo y el peligro me estaba transformando en un ser que antes no había conocido. Aquella no era yo. Era otra cosa, algo que había estado tantas veces encerrado, quieto y callado, que apenas había oído, por más que hubiera gritado o intentado liberarse. Pero allí, por encima de las montañas, viendo el horizonte sin fin. Tanto mundo por descubrir y todo para mí, lo vi.

El mundo, impregnado por un olor único y exclusivo. Lleno de colores, de formas, de personas. De cosas, cosas que desde el coche no habría podido ver. Miles de ideas nunca dichas subían a mis oídos, tantas cosas que taladraron mi cerebro, pero esbocé una sonrisa. No lo podía creer. Lo había visto. La música del mundo. Había sido un concierto privado, sólo para mí. Por encima de los árboles, viendo el dibujo del relieve de la tierra y un sonido extraño había llegado hasta a mí, para enseñarme que allí, y sólo allí, estaba aquello que jamás volvería a tener: conocimiento y libertad.

Fue tal el golpe contra el cristal de la ventanilla que apenas pude despedirme de ese onírico instante. Del vuelo libre había vuelto al sitio del que nunca me había movido. Sin embargo, una tímida gota se escurría por mi nariz y mi mejilla. Sonreí.

Fuera del coche, llovía.

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3 thoughts on “LLovía

  1. Ernesto septiembre 4, 2008 / 9:30 pm

    Has logrado recrear las mil sensaciones que produce la lluvia, su poder de fascinación, el encanto y la magia de la sensación de pequeñez frente a la naturaleza. Excelente narración.

    Saludos

  2. Jane Eyre septiembre 6, 2008 / 6:52 pm

    Holaaaa. Recuerdo que esto fue lo primero que leí de ti, así que lo he escogido para dejarte la prueba de que pasé por aquí.
    Encantada de que te hayas paseado por mis letras y estás invitada a hacerlo cuando quieras.
    Acabo de escuchar el cuarto “Cuestión de letras” y casi me caigo de espaldas (no tenía ni puñetera idea de que me íbais a leer, me estais malacostumbrando, jajajjaj) y tengo que decirte que me encantó cómo lo has leído (acento incluido 😉 )
    Bueno chica, que como ya sé donde te encuentras pasaré amenudo.
    Besos.

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