El cuento de Amelie
Se abre el telón y aparece una secuencia de imágenes que no se pueden tachar nada más que de incoherentemente originales. Desde la fecundación de un óvulo, la creación de una vida, el parto, la niñez, los traumas y alegrías de la infancia, todo tan rápido y tan ágilmente contado. Por una vez París no es la protagonista suprema en una película. París aparece como un escenario. Un teatro que acoge la más bella de las historias. La historia de una vida. La vida de una chica y las vidas a su vez del resto que la rodean. Amelie Poulain cambiará tu destino. ¡Y tanto! Porque si te sientas a ver la película y te dejas embargar por el sonido del acordeón mágico que rellena las escenas de una calidez empalagosa y a su vez bohemia, podrás notar cómo la historia y las pequeñas historias cotidianas y mínimas, resurgen de donde nunca sabemos sacarlas. Como la cajita que Amelie encuentra en su casa y pone todo su empeño en devolverla a su dueño. ¿Una especie de cadenas de favores? Pues la respuesta sería que no.
Lo bonito de todo este edulcorado pastel de Jean-Pierre Jeunet, es que es un canto a la virtud del altruismo. Valor que hoy en día quizás se encuentre en peligro de extinción. Puede ser que Amelie encontrara su objetivo en la vida gracias a ver que su pez de colores es tirado por una alcantarilla, la surrealista muerte de su madre y el cariño inapropiado de su padre por una figura de un gnomo de jardín. ¿Coincidencias de la vida? Amelie descubre al espectador que quien lleva una vida aburrida es porque quiere, ya que todos tenemos a un amigo hipocondríaco, un frutero cascarrabias y un amor imposible y soñado. Buscad, buscad que fijo que encontráis a alguien así a vuestro lado. Pero, ¿por qué no mover ficha en el tablero del destino? ¿Por qué no ayudar a los demás?
Como la inolvidable escena de cuando la joven ayuda a un ciego a cruzar la calle y le va describiendo con pelos y señales cada una de las cosas y sensaciones que hay a su paso y que él no puede ver. O la mejor, cuando la cajita es encontrada por el dueño perdido en su mundo de oscuridad y, al abrirla, consigue abrir la cajita de los recuerdos: el patio del colegio, el patio de juegos, canicas que caen, lágrimas que resbalan por la mejilla de la melancolía… Esa escena no tiene precio.
Cuando terminas de ver Amelie puedes tener dos tipos de reacciones. Una, pensar “esto no se lo cree nadie, menudo pastelazo extraño y sin argumento”. Sin embargo, la otra opción es una especie de subidón, que te hace sonreír como si la persona que ha hecho que los demás rocen un poco la felicidad hubieses sido tú. La película está llena de buenos propósitos. Un juego de imágenes que se van mezclando poco a poco hasta llegar a un mismo cauce: Todo el mundo quiere ser feliz, aunque sea un poco. Todo el mundo puede soñar. Hasta el crujido de un postre puede ponernos la piel de gallina aunque solo sea por una fracción de segundo. ¿Por qué no? Al final será cierto eso de que las mejores cosas se encuentran donde menos te lo esperas y en las pequeñas cosas.
La fotografía de un París amarillento y caluroso, con imágenes espectaculares que sujetan las escenas principales de la película, son bastante carismáticas. En especial, la del Sagrado Corazón atento a los movimientos del Monsieur Quincampoix, siguiendo las flechas hacia lo que poco después sería su destino. Sin lugar a dudas, Audrey Tatotou es y será para muchos la eterna cara de la extraña y dulce Amelie. Una cara llena de enigmas, de rasgos casi élficos, de ingenio y frescura desbordante. A veces, ella misma es confundida con la fotografía en la película por ir ataviada con la mezcla y simultaneidad de los dos colores predominantes, el rojo y el verde. Curioso, ¿no? Es como si la película no necesitara colores. Apenas tiene ningún significado mientras que la música está ahí de por medio, tan parisina, tan cansina, que al final hace que te contagies de ese entusiasmo.
La película más aclamada de Jean-Pierre Jeunet, una apuesta arriesgada, idolatrada por muchos y desprestigiada por otros tantos. Es bastante curioso como este director francés fue capaz de llevar a la pantalla a un monstruo como Alien y después dejar paso a una tierna muchacha humilde en el mejor de los cuentos contemporáneos. El maravilloso destino de Amelie Poulain es como un cuadro: es digna de ver; prometo y aseguro que algo te hechizará o algo odiarás. La única cosa que no podrá crear es indiferencia en el espectador. Una película que no necesita ningún tipo de efectos especiales, ningún artificio espectacular para ser una pequeña joyita dentro del mundo del séptimo arte. Películas así surgen muy de vez en cuando. Digna de ver y disfrutar. Sólo hay que dejarse llevar.
