La nostalgia se arregla con un salmorejo

La vida va avanzando y con ella, el nivel de melancolía y nostalgia. No sé si puedo reafirmar esta afirmación que hago, porque quizás sea una sensación mía, que me está persiguiendo últimamente. Muchas personas creen que la nostalgia aparece porque “cualquier tiempo pasado fue mejor” o porque la etapa que se está viviendo en un presente no es tan buena. Pero no, no creo que sea eso.

 

Yo no sé cuanto llevo sintiendo nostalgia, pero el pasado 28 de Febrero, día de Andalucía, sentí mucha. Estaba trabajando y hablaba con una compañera de Málaga que también vive en Madrid.

 

-“Feliz día de Andalucía”

 

-“Para ti también”

 

-“Apetecen unos molletes con aceite, tomate y jamón”

 

-“Puf, muchísimo”

 

Y así estuvimos casi toda la mañana, añorando haber podido estar en nuestra tierra, desayunando productos autóctonos, tanto fue aquello, que al salir del trabajo. Nos fuimos a un bar y nos pedimos un salmorejo que nos supo a gloria.

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¿Se echa de menos la tierra? La respuesta es sí.

 

No fue solamente el hecho del día de Andalucía en sí y que no estábamos con nuestras familias y amigos. También recordé y me transporté a esos días conmemorativos de mi colegio. Y entonces me vi allí, rodeada de compañeros de los que ahora no sé nada, de algunos que sé por “Facebook” y de otros que no sé si estarán aquí o en Pekín, ni a que se dedicarán o si estarán bien. Pero me acordé de ellos, porque fueron parte de mí infancia y me acordé de mí, de mis gafas rosas de pasta y mis cristales con bifocales. Incluso de mis maestros, aquellos a los que yo admiraba y me invitaron a buscar una vocación tan bonita como lo es la enseñanza. Y en todo ese batiburrillo de recuerdos y emociones, volvió la nostalgia. ¡Por supuesto, que necesitaba comer ese salmorejo!

 

Como quería compartir ese sentimiento, comuniqué en “Facebook”, que estaba nostálgica y nombré mi cole, SAFA, y de repente, aquellos compañeros me dieron todos sus “me gusta” porque estaban como yo, nostálgicos. Unos en Barcelona, otros en United Kingdom y otros no se han movido, pero nostálgicos perdidos todos. Creo que ellos, tienen las mismas buenas sensaciones de recreos eternos de treinta minutos, en los que daba tiempo a comer un bocadillo, jugar a la goma, al pilla-pilla o insultar a Manolín-Manolán, porque claro, los niños hemos sido crueles todos, aunque yo llevaba gafotas y no podía ejercer la maldad en otro niño y hasta eso lo agradezco. Las obras de teatro de Navidad, los murales en las paredes de las aulas, el pitido del silbato de maestro de educación física. Las figuras que había en los pasillos gigantes de “Los Fruitis”, gracias por esto dirección del colegio. Éramos superfelices con Mochilo, Pincho, Gazpacho en los pasillos en tamaño real. El rollo soberano del profesor de Filosofía en bachillerato, que era cura y no se desprendía del tono de la homilía y nos sumía a todos en un terrible sueño en el Mito de las Cavernas allí con Platón. Del “Expo Hobby” que era un día genial de mi colegio, donde estábamos libres de clase y lo único que hacíamos eran actividades culturales-deportivas y ninguno estábamos gordos, salvo uno, el gordo de la clase, pero solo había uno, “el gordo”. Nosotros esperábamos con fe y alegría que aquel día llegara pronto, porque significaba fiestón. La fila en línea recta de por las mañanas, donde casi nos matábamos porque se nos colaba la gente, por favor, que ímpetu por entrar el primero a clase, el timbre que nos comunicaba que ya había terminado nuestra jornada y a la salida, nuestras madres  esperándonos en la puerta y la pregunta: “Mamá, ¿qué hay de comer? Y el deseo ferviente de que no fueran lentejas, y ahora, lo que daría por un plato de lentejas de mi madre. La tienda de al lado de mi casa que vendía ochios, tortas de chocolate y tortas de azúcar, y hacía su agosto durante el curso escolar, porque la gente iba como loca a comprar víveres para el recreo eterno de treinta minutos, ojala le siga yendo igual de bien al dueño, que seguro que estará nostálgico también.

 

Y bueno, de repente tras haberme trasladado a esos momentos, volví a mirar mi vida, y miré a la gente que tenía alrededor, tan distintos y me pregunté lo curioso de esta existencia, que te hace cruzarte con diferentes personas que pueden aportarte otras vivencias y otros momentos para otro ataque de nostalgia, que será quizás en una semana, en un mes o en años, pero sé que volverá. Y si vuelve, será porque fuimos felices y para aquellos andaluces o no, o simplemente de buen paladar, un salmorejo lo cura todo y si digo salmorejo, se puede aplicar a cualquier comida casera típica de tu tierra para calmar la melancolía.

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Razones por las que me gusta Joseph Gordon-Levitt

-Porque con menos de 35 años, casi ha tocado todos los géneros cinematográficos posibles, quizás le falte un musical…

-Porque tiene un gran carisma bajo esa cara de niño bueno.

-Porque sin ser guapo, tiene un atractivo brutal quizás sea gracia a esos hoyuelos.

-Porque es un actor de los de verdad, vocacional.

-Porque no se olvida de proyectos de cine independiente.

-Porque también canta y toca la guitarra.

-Porque Christopher Nolan le incluye en sus proyectos.

-Porque lleva actuando desde que tenía 8 añitos.

-Porque hizo de “Hesher” sin importarle para nada “Hollywood”.

-Porque se rompe las costillas de forma literal para rodar una película.

-Porque es versátil, dinámico, original y siempre es solvente en sus proyectos.

-Porque uno de sus actores favoritos es Gary Oldman.

-Porque sé que seguirá haciendo más cine y yo seguiré siendo incondicionalmente fiel a toda su carrera.

Hay veces que uno no puede ser parcial y mucho menos con algunos actores o actrices, que parecen que están ahí para hacer magia interpretando. Miradas de complicidad, sonrisas aleatorias, caídas de ojos seductoras, llantos y gritos en altos que expresan dolor. Con Joseph Gordon-Levitt, me cuesta ser objetiva. Y ahí he dejado mis razones.

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Quiero un bodhran…¿un qué?

Que me gusta la música folk o celta no es ningún secreto, desde que era pequeña siempre me fascinaron esos instrumentos alternativos. Mi pasión por un sonido gaitero o por una whistle  no sé de donde vienen realmente, pero siempre me gustó muchísimo el ritmo ancestral, casi mágico, que destilaban grupos como Luar Na Lubre o The Chieftains, también me conquistó Hevia en su momento con su “Busindrel Reel”, dónde íbamos a parar ¡una gaita eléctrica! Aquello fue un bombazo para la música celta y para sus seguidores, he de confesar que aún sigo emocionándome con ese tema musical, claro… 

Es tal mi gusto por la música celta, que aún recuerdo en una de mis visitas a la preciosa Asturias, que estábamos dando un paseo y escuché tímidamente en el horizonte de la barrera que separa la atmósfera ambiental y el ruido, un sonido de música celta, tal fue mi corazonada que seguí aquel sonido de tambores y de gaitas, que al final, conseguí ver a un grupo de muchachos asturianos tocando unas piezas de música celta.

La anécdota quizás no fuera que mi cerebro y oído rastrearon de donde provenía aquel sonido, sino más bien que mis acompañantes iban a otro sitio y les cambié el rumbo, solo para ver donde venía aquello y yo tenía la edad tonta de eso, catorce…y dijeron : “Y esta guaja, ¿qué le pasa?” y allí estaba yo, dejándome embriagar por ese ritmazo norteño.

Lo que quería contar es que desde que vi a Caroline Corr (si, una de las hermanas de “The Corrs”) tocando un tambor de lado, me puse a investigar para ver como se llamaba aquel timbal, porque yo el máximo contacto que he tenido con el mundo de la percusión, ha sido tocar el tambor en una cofradía de mi pueblo y joe, tengo que confesar que me enganchó, aporreando aquella superficie con los “palillos” podías quitarte el estrés y crear un ritmo a la par (todo sea dicho no muy difícil) y con aquella introducción al mundillo, pues me documenté y descubrí que aquel tambor de Caroline Corr se llamaba Bodhran.

Desde aquel momento empecé a publicar por casa que quería uno, “quiero un bodhran, quiero un bodhran”, y todos me comentaban : ¿un qué?? El bodhran parecía un ente exótico y no caía en Reyes, ni en mis cumples. Cuando salía la conversación con amigos, ¿qué os gustaría tener? o ¿qué os haría ilusión? y yo repetía: un bodhran y la respuesta en innumerables ocasiones fue, ¿un qué? Lejos de sentirme original, me sentía frustrada. “Pues haberlo comprado por internet” estaréis pensando, pues sí, sabia respuesta, pero no sé por qué, siempre lo dejaba de lado (como el cacharro en sí) y nunca tomé esa decisión.

No fue hasta estos Reyes de 2012, que por fin, me cayó el bodhran. Un bodhran precioso con un símbolo celta dibujado en la piel. ¿Lo peor?, pues que cuando fui a coger el “beater” ( la baqueta ) me di cuenta de que mi sueño cumplido de verme tocar el instrumento con maestría, se ha ido al traste, porque soy un verdadero desastre, no sé mover la muñeca con gracia y habilidad. ¿Será por qué no soy irlandesa?, ¿será por qué no corre por mis venas la sangre de Cuchulain y no sé hablar gaelico? Fue una tristeza enorme toparme con la realidad, así que creo que voy a utilizar mi bodhran a modo de artículo decorativo en casa hasta que algún día delante de un tutorial de “youtube” consiga la motivación suficiente para alcanzar un nivel básico de como tocar este instrumento. Pero toda historieta, viene a contar que, “ser persistentes en la vida, si queréis un bodhran y lo peleáis, lo tendréis y como quién dice bodhran dice cualquier cosa”.

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Hoy es mi cumpleaños

Este año pensé que no iba a escribir el día de mi cumpleaños. No sé, quizás porque este año no lo merecía o porque ya no tenía nada que contar o qué decir. Yo, que siempre me he jactado de que “Siempre tengo algo que decir” y que nunca me falta conversación. Y cada vez que digo algo así de cursi y repelente aunque siga siendo la más joven allá donde voy, algo que no durará eternamente, me doy cuenta de que sólo soy una reminiscencia del patito feo que fui. El patito feo de gafas gigantescas y parche en el ojo. A día de hoy, me considero como una fiel imagen de ese Manolito Gafotas ingenuo de los libros que Elvira Lindo tuvo a bien en regalarnos a todos esos niños que siempre sin ser conscientes, fuimos un poco adultos cuando no correspondía.

 

No soy la madurez en persona, quizás un poco la sensatez y la responsabilidad. Y aunque con algunas cervezas de más, me he sentido algo más desinhibida en esta carrera que es mi vida, de querer siempre llegar más lejos y un poco más alto, al final resurjo. ¿Demasiada ambición?, ¿demasiado inconformismo?, ¿demasiado idealismo inútil?

 

Idealismo inútil que se va apagando cada día un poquito más sobre todo cuando escucho las noticias desalentadoras de un futuro hostil e imprevisible. Y yo pensé que este año no me regalaría la carta homenaje egocéntrica que siempre me autoescribo. Sí, para mí. Esa persona oculta que viaja conmigo y está conmigo. Esa voz interior a la que a veces desprecio y otras, halago. Esa voz que sonaba antes infantil y a veces, lo sigue siendo cuando habla de algo que le entusiasma, incluso cuando ve una peli Disney o lloriquea cuando ve injusticias y se siente un poco Mafalda, sin llegarle a la suela de los zapatos. Porque mucho lloriquear y quejarse, pero luego en puesta en acción es un poco a lo Nicolas Cage.

 

Sí, puede que esa sea yo a mis 26 recién estrenados. Una Nicolas Cage, una “wannabe”, más comúnmente un quiero y no puedo, que no sabe a donde ha de girar para saber como encontrar eso que llamaban los guerreros celtas antiguos, DESTINO. Porque estos 26 años en mayor o menor medida siempre me he preguntado, ¿estamos aquí por algo? Más lejos aún, para algo. Algo que no sé que es, como una Ítaca incandescente que se asoma a veces y otras desaparece, camuflándose en anhelos y sueños, perdiéndose en eso que llaman rutina que vuelve siempre vorazmente para que dejemos de soñar que algún día, aquellas extrañas sensaciones de conseguir remover y cambiar esta sociedad y este mundo cruel y desbordado, pudieron ser ciertas.

 

A los 26, sigo siendo apasionada con lo que me gusta, ¿algo mejor? Sigo sufriendo intensamente con lo que me disgusta. Sigo mirando al horizonte en un autobús encerrada, ¿cuántos años van ya? Creo que ocho… horas de traslado de un lado para otro. A los 26 sigo recordando a esa niña pequeña que fui, sigo emocionándome y no quiero que eso desaparezca e incluso a veces, sigo luchando. Persistencia, constancia, hacer las cosas bien, aunque parezcas un desastre. Sigo teniendo fe en las personas, en los vínculos que se crean con el tiempo, como si tiempo fuera un ente más. Y sigo reflexionando.

 

En 26 años he perdido gente en el camino, gente que fue cercana, con la que abrí el corazón y descubrí pensamientos, con la que compartí risas y llantos, secretos. Y los perdí, tal vez por mí culpa, tal vez por ellos, tal vez porque la vida es así. Y luego el tiempo volvió a poner a otra gente en este camino de curvas y encrucijadas. En esta carretera llevo una mochila y a alguien de la mano, pero sobre todo en la mochila que imagino de cuero, esa mochila que no me compro porque no encuentro “la mochila”, la perfecta, donde volcar todas mis vivencias, mis libros, mis historias, mis deseos, mis defectos. Porque no la encuentro aún. Aunque por el camino sigan sonando canciones que me inspiran, vea sonrisas que me animan y tenga el cariño y amor recíproco de quienes más me importan. ¿Afortunada? La respuesta es sí y ojala siempre sea así.

 

Mi Ítaca tiene forma de Alaska, la mochila que dibujo mentalmente no ha aparecido, pero el sentido de mi vida sé perfectamente que nombres tiene…

 

¡Felicidades yo!

 

Preparados, listos, CASI, ya!

Mañana es el gran día, después de haber planeado este viaje durante tanto tiempo. Parecía que nunca llegaría ese momento y sí, yo siempre me pongo algo nerviosa antes los viajes, porque es una mezcla de incertidumbre, ilusión y no sé, hasta que no pones los pies en el otro lado y miras con tus propios ojos, no saboreas que es totalmente cierto que estás en otro lugar del mundo.

Mañana volamos a Chicago, a ver que tal el Jet-Lag y esas cosas. Prometo contar a la vuelta cualquier detalle útil para otros viajeros, la experiencia y subir muchas fotos.

“Todos los viajes esconden destinos que se ocultan a los ojos del viajero”. Martin Buber

De idiolectos, de hablar como una madre, de hablar como mi madre…

 

 

 

Uno piensa cuando es más adolescente o joven,  nunca repetirá las cosas que hacen sus padres. Luego pasa el tiempo y la evidencia te estampa una mentira en las narices.

Yo pensé que nunca hablaría igual que mi madre, que puede que hubiera heredado su nariz, su boca y sus gestos, pero no pensé que también su lenguaje tan peculiar…Pues resulta que este fenómeno se ha empezado a dar en mí, a partir de independizarme, cuando me ha dado por recuperar vocabulario suyo, eso que se conoce como idiolecto (por la RAE Conjunto de  rasgos propios de la forma de expresarse de un individuo). Y encima lo uso con maestría y una fluidez que ya quisiera hablar otro idioma así igual que hablo el de mi madre.

Véase esa temida conversación en la que se usan pronombres a tutiplén y ya no solo de mi madre, si no común a todas:

-Tráeme la esa, que está en el ese, del este del salón.

-¿Cómo?, ¿el qué?

-Jolines, pues el ese que está al lado de eso otro, que está ahí puesto.

-¿Pero qué es el ese del eso? ¡Qué no te entiendo!

Aquí venía la frase de mi madre:

-Quita que ya voy yo, ¡esta chiquilla que no ve ná!

Y a mí aquello me daba una rabia increíble, porque me sentía idiota, aún sigo sin saber que era el “ese”. Porque podía haber sido cualquier cosa, pero cuando mi madre lo cogía yo ya no quería verlo. Estaba muy ocupada pensando que yo siempre indicaría que querría en el momento.

Bien, ¡mentira!, el otro día lo hice y el comentario siguiente fue: “Joer, hablas como una madre”. Es tan mentira como lo de que me iría a la cama sin colocar los cojines del sofá. ¡Ahora lo hago!

Mi madre siempre me recordaba que pusiera los cojines bien, porque si no por la mañana parecía aquello un muladar. Otra palabra que también ha usado varias veces para describir la habitación de mi hermana.

Otra palabra que uso ahora para describir colores, bueno más bien…, un color que ya no es color, que ha dejado de serlo. Como el presente de lo que fue un marrón, un beige, un amarillo, vamos el conocido como: “Color Chichimona”. Ahora yo también uso ese adjetivo para describir prendas que han perdido su encanto. Espero que las tiendas y las modas no vendan nunca prendas con ese color, imaginad el escaparate. “Nueva colección, en color chichimona”.

Hablando de prendas, a veces ocurre que uno se encariña de ciertas prendas, yo me encariñé de una chaqueta azul marino que ya no sabía si era chaqueta o un conjunto de bolas, porque la verdad que ahora reconozco que estaba para el arrastre aquella chaqueta. También me encariñé de unas zapatillas de estar por casa, que las suelas estaban quemadas de haber puesto los pies en el brasero y eso ni era suela, ni era nada. Las tiré porque mi prima pequeña cuando era un bebé, las señaló y dijo: Aggh, aghhh, caca. Y las tiré por vergüenza. Mi madre insistía en que tirara esas prendas porque según ella iba hecha una zarrapastrosa. Palabra que yo también ahora utilizo comúnmente. Zarrapastrosa digamos que puede equivaler a desgarbado, mendigo, desastre.

Una frase lapidaria, amenazante incluso y con tintes dramáticos, es aquella que suelta mi madre, muy ofendida después de alguna discusión en la que no sabemos apreciar las cosas que hace por nosotros y dice:

-Me voy a coger un camino y me voy a perder…

Siempre me siento un poco como Marco (En un puertooo italianooo) cuando dice eso, pero sin mono. Me imagino a mi madre con sus cosas por un camino, ella sola con todo a cuestas. Mamá, no te vayas. Si es que los hijos somos así de injustos con los padres, pero no te vayas por ese camino que siempre dices…

Hay más palabras del idiolecto de mi madre que uso, pero que ahora no logro recordar. Pero hay una frase que descubrí que no solo la decía mi madre y que yo, aún no he usado nunca, será porque no tengo hijos, bueno y porque no cocino demasiado y no tengo a nadie que me diga:

-¿Qué hay para comer hoy?

Mi madre siempre respondía:

-¡Canguingos y patas de peces!

¿Qué son los canguingos? Por dios, es un misterio que todavía no he logrado resolver. ¿Se extinguieron hace mucho tiempo?, ¿se le podrá echar tomate frito o mayonesa?, las patas de peces yo como que no las quiero como complemento.

El uso de lenguaje y el idiolecto de cada uno son cosas totalmente fascinantes dignas de estudio. Mi abuela el otro día dijo que su vecina trabaja como vedette en una universidad, supongo que quería decir que es bedel, pero la mujer seguro que montara unos espectáculos allí…Qué ni Norma Duval.

¿A qué vuestras madres, familiares o amigos tienen sus propias palabras y frases?, pero fijo que vuestras madres más.

Mamá esto va para ti. :)  

El día sin quejas

Soy una quejica. Pertenezco irremediablemente a este grupo de personas. Me gustaría decir que más que quejica soy inconformista debido a mi idealismo y que voy a contra corriente, porque no entiendo esta sociedad, cosa que es cierta, pero para el resto de los mortales que me rodean, mis pequeños discursitos diarios denunciando cosas e injusticias, es que directamente soy una quejica. Pues sí y lo reconozco. No hay nada perfecto en este mundo y mucho menos en este siglo donde la evolución parece ir justamente de forma paradójica y antinatural, la evolución está involucionando. Pero esta pequeña reflexión viene a que hoy, quería poner cosas que me gustan y con las que estoy de acuerdo. Así al menos hoy, no estaré quejándome de nada, sino más bien, valorando las cosas que me hacen feliz o me hacen sonreír.

 

-Me gusta estar con mi familia y amigos.

-Me gusta reírme hasta que me duela la barriga o llorar de la risa. Me gusta reírme de cosas absurdas y cosas idiotas.

-Me gusta divagar de camino a casa en el metro/bus, pues puestos a perder el tiempo al menos imagino.

-Me gusta dormir hasta tarde, me gusta dormir siesta y me encanta estar en la cama mientras llueve fuera. Me gusta estar en pijama.

-Me gusta el invierno, el invierno real, de frío, nieve, lluvia y cielo encapotado.

-Me gusta comer, me gusta la comida que hace mi madre, la sidra vasca y el chocolate y los helados de chocolate.

-Me gusta la naturaleza, las montañas, las playas y el mar para contemplarlo, porque me inspiran. Me gusta la aventura.

-Me gusta viajar, viajar con mochila y compañía. También viajar en tren. Me gustan los viajes por España, a Úbeda y a Donosti los que más.

-Me gusta la gente que sonríe y suele estar de buen humor.

-Me gusta leer, escribir y el cine. La literatura de terror, el cine francés y escribir lo que se me ocurra.

-Me gusta hacer deporte y la sensación de después de hacer ejercicio.

-Me gusta aprender y conocer, en especial, si son idiomas.

-Me gusta la música Rock y la música celta.

-Me gusta la gente diferente, la gente luchadora, la gente que no se queda en lo superficial. La autenticidad.

-Me gustan los viernes por la noche.

-Me gustan los recuerdos de mi infancia.

-Me gustan las botas de color azul.

-Me gusta soñar despierta.

-Me gusta vivir.

-Me gusta verte reír y que aguantes mis quejas.

 

¿Y qué os gusta a vosotros? Hoy para mí, prohibido quejarme.

 

Echar de menos

Se puede echar de menos un paseo por las calles de tu infancia, un recuerdo de un sitio en el que pasaste los mejores días de tu vida, tu dulce favorito cuando de forma animal aparece en tu memoria para desearlo. Puedes echar de menos a alguien, cuando de repente aparece su fragancia en tu olfato, puedes volver a sentir el roce de su tacto si ves su ropa de nuevo, puedes ver una foto y transportarte a aquel momento mágico. Puedes sentirte triste a kilómetros de distancia escuchando su voz al otro lado del teléfono o leyendo sus frases a través de un ordenador nuevo, y nunca será lo mismo. Pero sobre todo, siempre queda el consuelo de que a ellos volverás a verlos, que aquellos sitios que te traen tan buenos recuerdos, podrás volver a pisarlos, pero nunca sabré si volveré a hablar contigo, no sé si sabes que es de mi vida ahora, si estarías orgulloso de mí. Retengo tu voz en mi memoria, fuerte, como si de un momento a otro, pudiera escucharte otra vez…pero sé que no es así, y que quizás, jamás vuelva a ser así. Y sé que es bueno echar de menos a alguien que ya no está, porque significa que fue importante, que significó algo en mi vida y lo repito siempre, cuando alguien se va, es imposible que no lo recuerdes aunque sea una milésima de segundo al paso de los días. Y es imposible que no eche la vista atrás en estas fechas tan oportunas, porque fue la que él eligió para marcharse…

Una bruja

Hoy también tuve una noche movidita, puede que haya sido a causa de la fiebre, de un dolor de garganta infernal y un malestar de cuerpo, generado por estos cambios de tiempo. Hoy soñé con una bruja, que volaba corriendo hacía a mí, gritando palabras en inglés y una de ellas era “Dead”. Su rostro era verde tirando a un tono más pálido. Y también había un color morado y rosado en el onírico ambiente. Se reía y quería cogerme una pierna. Para mí sorpresa, me desperté pensando que me había alcanzado la pierna derecha en mi cama, y entonces desperté agitada, como lo llevo haciendo últimamente.

Me ha dado por buscar una interpretación de “soñar con brujas” y dice que representan el poder, la fuerza y la obtención de los deseos. Estoy esperando algo importante, es verdad, quizás por eso estoy tan nerviosa, o ¿será simple sugestión? Curioso el significado de soñar con una bruja, aunque también dice que hay que intentar recordar lo que decía porque es una predicción del futuro, pero lo que la hechicera gritaba en el sueño, no era precisamente un buen presagio…”Dead”.

Los sueños, sueños son…

Eterna espera

Hoy escuché el despertador y volví a la realidad de la madrugada, como si de una piscina saliera. Casi ahogada, agitando los brazos. Volviendo a sorber el soplo de oxigeno que estaba pidiendo a gritos sin darme cuenta.

Ayer fue un día realmente cansado, desperdicié cinco horas de mi tiempo vital, esperando. No hice nada más que esperar. Menos mal que tenía por compañero un libro. Aún así, me doy cuenta de que mi vida es pura espera y que he malgastado mucho tiempo esperando. Esperando al autobús, esperando al tren, esperando a que me atiendan, esperando una respuesta, esperando a personas, esperando a que me quieran, esperando un abrazo, esperando un beso, esperando a que abran la puerta, esperando a dormirme, esperando a despertarme.

Y en mis múltiples viajes, espero la llegada del destino. Y lo peor de esta espera, es que ha vuelto con ella, la parálisis de nuevo. Esos momentos asfixiantes en los que mi mente se despierta antes y se muestra consciente, mientras mi cuerpo parece inerte y siento que me ahogo.

Hoy dormí una siesta, ¿para qué lo hice?, pues me pasó esto como tres o cuatro veces. Y cuando conseguí despertarme totalmente, parecía que estuviera más cansada todavía, la boca seca y algo desorientada. Hacía seis meses ya que no me ocurría, y creo que conozco porque ha vuelto. Estoy nerviosa y agobiada.

Necesito relajarme y no tomarme la vida tan en serio…y dejar de tomarme la espera como un desaliento, si no, como una ilusión. Un sueño por cumplir y una meta que alcanzar. Pues todo en la vida es actitud. Lo es. Y aunque el cansancio me haga separarme de mi cuerpo mientras duermo, soñaré despierta con conseguir lo que ansío y me propongo. Todo llega y si no, pues no sería para mí.