Pitan sus oídos y le hierve la frente. Siente una sangre invisible, resbalar por su nariz. Se encoje y no encuentra más consuelo que el quedarse en silencio. Sin ruido. El silencio y él, en un espacio que apenas experimenta. Escuchando lentamente su torpe respiración y como resbalan las lágrimas de la sinrazón y la angustia, esa que sale de dentro sin poder explicarle a tu mente lo que realmente te pasa.
No quiere miradas ajenas, no puede definir lo que siente. El corazón se desquebraja, cada palabra hiere como una daga manchada en ira, que apuntan directamente a donde más duele. Duele…, porque te conviertes en un ser vulnerable, en un ser indefenso y desprotegido, dónde solamente llorar es la explosión de lo que cargas dentro.
El silencio escucha sus lágrimas caer, los sollozos vergonzosos intentando no salir. Sus brazos cubren fuertemente sus rodillas que sujetan ese rostro que muere de rabia… y poco a poco, la ilusión se convierte en un espejismo. Evita equivocarse escogiendo términos, no conoce el final, ni el camino, no sabe absolutamente nada, solo lo que necesita en ese momento…aún sabiendo que está a kilómetros luz de distancia, donde poder conseguirlo. Ni siquiera puede atisbar, si por décimas de segundos sería verdadero.
El corazón se encoje a la altura de sus rodillas, las lágrimas cesan, la desolación le ha taladrado la voluntad y entonces… grita. Un grito que resuena en la habitación, el silencio se ha marchado dando un portazo. Y él se ha rasgado la garganta pero no le importa. Ahora, ya nada importa.









